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miércoles, enero 3

Mis días con Harry Potter

POR MARCELA RIBADENEIRA

Cuando Harry Potter y la piedra filosofal llegó a mis manos, yo tenía quince años, el pelo rojo y por las paredes de mi cuarto trepaba una docena de pósteres de Kurt Cobain. Nunca había oído ese nombre escrito con letras gigantes en la portada del libro —que me pareció infantil, naíf— y lo primero que pensé fue que sonaba meloso: HA-RRY PO-TTER. Meloso, pero con un atractivo escondido entre sus cuatro sílabas, entre su métrica sencilla y la referencia a un compuesto alquímico que en mi niñez me había fascinado por su capacidad de convertir materiales inútiles en metal precioso. Lo que me atraía de esa idea no era el resultado final: obtener oro a partir de mis anillos de lata, por ejemplo. Me atraía la posibilidad de que algo pudiera transformarse en otra cosa. Me atraía más la posibilidad de que existiese una sustancia que pudiera dar a alguien la inmortalidad (hasta hoy fantaseo con vivir para siempre), una sustancia que pudiera romper las leyes del universo, que pudiera rasgar de un tajo la realidad. Mi realidad. 

Mi realidad era estudiar en un colegio que odiaba. Para ser más justos, lo que odiaba era tener que ir al colegio, sin importar qué colegio fuera. Mi realidad era tener unos papás que en ese tiempo yo percibía como desinteresados de mí y de mis obligaciones escolares. Era estar atrapada en un cuerpo adolescente que me daba asco y en una mente traicionera, en una mente que podía dilatarse hasta tragarme con sus miedos de colmillos afilados y gargantas tan hondas que levantarme cada mañana, ponerme el uniforme, sentarme en mi pupitre y hablar con mis compañeros era, para mí, una cosa más pesada y terrible que la encomendada a Sísifo por los dioses griegos. Me sentía una paria, un alien, un glitch genético. Me sentía como se sentían, en el fondo, muchos de mis pares.

Abrí Harry Potter y la piedra filosofal, más que por interés en su contenido, porque había sido un regalo raro. Desde hace varios años mi papá no me regalaba un libro. Cuando era niña, él acostumbraba llevarnos a mí y a mis hermanos a la librería Venetto, que estaba en alguna callecita de Quito que ya no recuerdo, y nos compraba libros como El caballito jorobadito, Cómo era de pequeño tu papá, Cuentos populares rusos, Física recreativa y la infaltable revista Misha —él había estudiado en la Unión Soviética y nos atiborraba de esa maravillosa literatura infantil rusa; mientras, él y mamá se servían volúmenes de las revistas La ciencia en la URSS y Sputnik, y libros “para adultos” que apilaban en sus veladores antes de depositarlos en las estanterías de la casa. Ahora pienso que, aunque probablemente ni él ni yo lo supiéramos, el libro fue un regalo de despedida. Poco tiempo después, mis papás se divorciaron, él se mudó y yo me volqué a las páginas de La piedra filosofal.

Creo que está en la naturaleza humana desear, al mismo tiempo, ser normal y ser extraordinario. Queremos lo uno tanto como lo otro. Harry Potter vivía con sus tíos, los Dursley, y su primo Dudley (de nuevo, esa métrica sugerente empacada en dos palabras y cuatro sílabas). Era una familia asquerosamente normal de la cual Harry era una adición por circunstancias indeseables. Harry no era un niño corriente. Era un mago, un ser asquerosamente extraordinario. Una aberración genética ante los ojos de sus tíos —muggles o humanos de sangre no mágica—, que le habían dicho que sus padres murieron en un accidente de tránsito. La realidad era que habían sido magos poderosos que se oponían a Lord Voldemort, un oscuro hechicero con agenda totalitarista e ideologías de pureza racial que evocaban las Leyes de Núremberg del Tercer Reich (el de la vida real). Y Lily, la madre de Harry, era hija de muggles. Voldemort había asesinado a los Potter a punta de varita mágica, dejando a su bebé huérfano. Al quedar al cuidado de sus crueles tíos, el niño creció extirpado del mundo mágico. Desconoció su existencia y sus propios poderes hasta que cumplió once años y fue convocado a Hogwarts, el colegio más prestigioso de Magia y Hechicería.

Bajo el nombre de J. K. Rowling, la autora de ese libro naíf había metido su pluma en algunas de mis heridas y deseos secretos más enconados, que eran cosas que yo no compartía ni con mi diario. Harry había descubierto que era alguien extraordinario y, una vez que se transfirió a Hogwarts, descubrió que era sorprendentemente normal. Al menos, dentro del mundo mágico, que estaba lleno del mismo egoísmo y crueldad y de la misma oscuridad que el mundo muggle. Pero como éste, también tenía sus cosas buenas. Esas cosas buenas que faltaban en mi mundo de no ficción. Por eso cerraba la puerta de mi cuarto, me sentaba sobre mi pequeño escritorio de madera de cedro y, secuela tras secuela, me largaba a Hogwarts, donde el currículo escolar incluía materias como Cuidado de Criaturas Mágicas y Defensa Contra las Artes Oscuras, y donde había artefactos como la capa de invisibilidad que Harry recibió como regalo de un benefactor anónimo. O me transportaba a Hogsmeade, un pueblo cercano a Hogwarts donde se podía tomar cerveza de mantequilla en la taberna Las Tres Escobas. O a la modesta pero acogedora casa de los Weasley, la familia del mejor amigo de Harry, quienes lo acogieron como a su propio hijo, sometiéndolo a la misma rutina estructurada y al mismo afecto que a sus numerosos vástagos. 

Secuela tras secuela, la historia de Potter y sus compinches, Ron Weasley y Hermione Granger, muta en algo más universal. J. K. Rowling escribe sobre la orfandad y el deseo de pertenencia, sobre la desdicha de la soledad y la alegría de sentirse entre pares. Escribe sobre el paso de la infancia a la adolescencia y de la adolescencia a la adultez. Sobre la caída a la oscuridad y sobre el escape hacia la luz; sobre el equilibrio entre ambos extremos del espectro. Rowling también escribe sobre el establecimiento de regímenes y sobre su caída. Sobre la burocracia que embarra a los gobiernos mejor intencionados. Sobre el peligro de los mandos medios y de las masas que solo siguen órdenes. 

Como descubriría muchos años después de subirme a mi escritorio de cedro y cerrarle la puerta al mundo, la adultez está plagada de miedos más feroces que los de la niñez. De más orfandad que aquella del sentirse extraterrestre en el patio del recreo. Aprendería que, como sucede al final del último libro de la saga original, Las Reliquias de la Muerte, nunca se sale de la orfandad y del desamparo, solo se llega a aceptarlos. Y así, la vida continúa, exactamente como continuó la de Harry Potter, quien pasó de ser el mago que derrotó al dictador oscuro a ser un empleado más del Ministerio de Magia. Un ciudadano común de un mundo extraordinario, quien se casó y tuvo hijos que luego se enfrentaron a los mismos terrores que él.

Lia Wyler, autora de Harry Potter


El día que se habló de Harry Potter en mi clase de traducción literaria, no entendí casi nada del debate: parecía una pelea, uno opinando mientras hablaba el otro, negaciones, desacuerdos, y un montón de palabras que no me sonaban a nada: Lufa-lufa, Sonserina, Corvinal, quadribol.

Hasta ese momento, todos habíamos escuchado en silencio los proyectos de los otros: traducciones comentadas de autoras cariocas del siglo XIX, críticas a las traducciones brasileñas de las novelas negras de Suecia, de los cuentos de Chuck Palahniuk, de La flor púrpura de Chimamanda Adichie, de la traducción al español de Guimaraes Rosa.

Todo acabó cuando uno de mis colegas presentó su proyecto de maestría: Harry Potter y la traducción de sus neologismos en Brasil. Fue la primera vez que escuché el nombre de Lia Wyler, mientras unos y otros en la clase la criticaban o la defendían. Casi a gritos. Sin escucharse. No se me había ocurrido que en Brasil una traductora podía levantar tantas pasiones como un equipo de fútbol. Pero la pasión era sólo con ella, con Lia Wyler, la traductora que mis colegas de clase habían crecido leyendo. Y criticando.

Un año después leí, en la clase de Historia de la Traducción, su libro Línguas, poetas e bacharéis. Ahí supe que Lia Wyler no era sólo la traductora más famosa/odiada/amada de Brasil: era la primera académica que había escrito un libro sobre la historia de la traducción en su país. Un libro de consulta en todas las facultades de traducción de Brasil.

Aquel día en la clase de traducción literaria, la discusión se dividía entre quienes encontraban genial el trabajo de Wyler —inventó para el portugués 989 palabras nuevas, correspondientes a las que J. K. Rowling creó en inglés— y aquellos que la acusaban de no haberlo hecho bien a lo largo de los siete libros de la serie publicados por la editorial Rocco. O que la criticaban por no respetar los términos originales, como hicieron los traductores a otras lenguas.

Ese día, después de clases, una colega me explicó que Crookshanks (piernas dobladas, en traducción libre) se llamaba Bichento (un término usado en la región nordeste de Brasil para referirse a alguien con las piernas torcidas). Y que el famosos Quidditch se llamaba Quadribol. Que a los muggles, Lia Wyler los llamó trouxas (algo así como tontos) y que Slytherin se llamaba Sonserina (una mezcla de sonsa y ferina, falso e hiriente), Gryffindor era Grifinória, Lufa-lufa (que en el diccionario se traduce como agitación) era Hufflepuff y Corvinal era Ravenclaw, ambos términos jugando con la palabra cuervo: corvo, raven.

Y que el Knight Bus un juego de palabras entre bus, caballero y noche se convirtió en el Nôitibus Andante Busnocturno Andante, en traducción libre y que la poción para hacer crecer los huesos, Skele Gro (juntando skeleton [esqueleto] y growth [crecimiento]) se llamó Esquelesce (mezcla de esqueleto y cresce [crece en portugués]). Que Ron se llamaba Rony, que Ginny se llamaba Gina, que James Potter era Tiago Potter, que Bob Odgen se llamó Beto Odgen, que Tom Marvolo Riddle pasó a ser Tom Servolo Riddle para poder completar el acertijo del final del libro, que el Billywig era Gira-Gira, que Bill se llamaba Gui, que el Head-boy era el Monitor-chefe y que a la snicht se la llama pomo en los libros de la editorial Rocco.

También supe que ya se habían escrito varias tesis sobre la decisión de Wyler de no darle un acento rústico, del interior, al personaje Hagrid. Luego leí una entrevista suya con Folha de Sao Paulo en la cual defendía su decisión de no escoger un acento especial. “¿Qué acento debía usar? ¿Del habitante de las favelas cariocas? ¿Del campesino paulista o minero? ¿Acento nordestino? ¿Acento marginal? Eso desvirtuaría al personaje, que en vez de ser un 'rústico' inglés, entraría en crisis existencial hablando un patois ajeno a su ambiente".

De la discusión de aquel día, me quedó la impresión de que una parte de la clase se sentía dueña del texto y, por eso, criticaba las decisiones de la traductora. También me sorprendió que algunas de las críticas venían de la comparación de la traducción de Wyler con los libros de Scholastic, la editora estadounidense. Era pasar por alto que los libros de Scholastic son adaptados de los originales británicos, publicados por Bloomsbury Publishing, para adaptarse mejor al mercado. Hasta el título del primer libro, Harry Potter and the Philosopher’s Stone, fue cambiado a Harry Potter and the Sorcerer’s Stone, lo que causó que los británicos gastaran la broma de que el título había sido cambiado porque en EE.UU. no hay filósofos.

La discusión que presencié entre mis colegas me dio la impresión de que desconocían las adaptaciones que se hacen en los grandes mercados y que, incluso, son la regla en la literatura en portugués: en Brasil adaptan los libros de la mayoría de autores portugueses y en Portugal hacen lo mismo con los libros de autores brasileños. Me di cuenta luego de que no era así. A mis colegas no les faltaba información: hablaban desde la pasión de la infancia y dejaban que esta nublase su lógica de académico.

Al final de aquella hora, el profesor nos dijo, medio en serio y medio en broma, que el traductor hacía sus elecciones según lo que le daba la gana. Y llamó la atención a la clase sobre el hecho de que una traducción es también una traducción de culturas, en la que ambas partes involucradas impone límites a la otra; es decir, el traductor debe optar. Escoger. Tomar una decisión y ser consecuente con ella.

Anna Buarque, contratada por la editorial Rocco para contestar las cartas de los fans de los libros, contó en una entrevista con Fausto Magazine que los niños y jóvenes lectores se sentían tan autores como J. K. Rowling y tan buenos o mejores traductores que Lia Wyler. “Eran emails y cartas indignados cuando un personaje moría, cuando no les gustaba la traducción de este o de aquel término. Por lo que podíamos ver por los emails que llegaban, gran parte de los lectores leía el original y la traducción”.

Lia Wyler tenía cuarenta años en 1974, cuando entró a la universidad para obtener su título en Letras, cinco años después de haber comenzado a trabajar en la traducción editorial. Luego hizo su maestría en Comunicación, defendiendo la tesis La traducción en Brasil, en la cual habla de la condición de “invisibilidad” del traductor. Una ironía para quien se convirtió en la traductora más famosa de su país.

El inglés lo aprendió en el colegio, donde además de portugués, había clases de latín, francés, español e inglés. Desde los doce años tuvo amigos ingleses. Había salido del colegio, se había casado con un hombre en cuya familia sólo se hablaba inglés, fue madre, trabajó para embajadas y empresas estadounidenses y vivió en Europa antes de inaugurar su segunda vida, la de traductora profesional.

Antes de J. K. Rowling, había traducido a Henry Miller, Joyce Carol Oates, Margaret Atwood, Gore Vidal, Tom Wolfe, Sylvia Plath y Stephen King. Y fue presidenta del Sindicato Nacional de los Traductores, de 1991 a 1993. Cuando la editorial Rocco compró los derechos de traducción para los dos primeros libros de la saga, Lia Wyler acababa de recibir un premio por la traducción de The It-doesn't-matter Suit de Sylvia Plath, publicada por la Rocco. “Eso y mi conocimiento de la cultura británica hicieron que yo fuese una elección natural”, declaró ella a la revista Veja.

De las sesenta y siete traducciones oficiales de Harry Potter (incluyendo las versiones para los Estados Unidos y para los mercados portugués y brasileño, y tanto en griego antiguo y moderno) sólo la traductora brasileña reinventó los términos para su lenguaje. Si en español encontramos la mayoría de los nombres y las palabras inventadas en inglés, casi sin cambios, en la traducción de Brasil la ambición de la traductora acercó el mundo de Harry Potter al lenguaje local.

Las polémicas fueron muchas durante los diez años en que Wyler tradujo Harry Potter: además de los siete libros, también tradujo Los cuentos de Beedle el Bardo, Animales fantásticos y dónde encontrarlos y Quidditch a través de los tiempos. Pero ella contó con la autorización —y los elogios públicos— de J. K. Rowling, por los riesgos que tomaba en su trabajo. Pero cada vez que salía un nuevo libro, los lectores volvían a escribir a Rocco para protestar por los nombres de las escuelas o los personajes.

A esto, Wyler respondió en una entrevista con la página web Omelete lo siguiente: “Tengo la impresión de que las personas que insisten con ese tema no se dan cuenta de que Harry Potter y la piedra filosofal fue escrito para niños de siete a doce años, que no saben el suficiente inglés como para entender el humor que los nombres contienen. La influencia del inglés en nuestro día a día no es suficiente para que todos los lectores perciban el significado de los nombres. Por otro lado, las decisiones tomadas en el primer volumen de una serie son obligatoriamente mantenidas hasta el último volumen. Las personas que aún hoy critican, ciertamente no leyeron con atención las explicaciones que vienen siendo dadas desde el año 2000”.

martes, noviembre 7

El ojo del crítico

POR CECILIA VERA DE GÁLVEZ*

"Permitir que unas autoridades, por muy cubiertas de pieles sedosas y muy togadas que estén, entren en nuestras bibliotecas y nos digan cómo leer, qué leer, qué valor damos a lo que leemos es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios. En cualquier parte nos pueden atar leyes y convenciones, ahí no tenemos ninguna". Así se refiere Virginia Woolf a los críticos en el último capítulo de su ensayo "¿Cómo debería leerse un libro?". Sin embargo, y aunque hable con tanta ironía sobre quienes hacen crítica literaria, avanza en tal capítulo hacia el reconocimiento de que es inevitable una valoración de lo que se lee —eso sí, a partir de una lectura apropiada o, como yo la llamaría, pertinente.

Por otra parte, el excelente novelista español Javier Cercas desarrolla toda una teoría en su libro El punto ciego para validar la crítica hecha por un escritor como él, tanto acerca de obras de otros autores, como sobre las propias. Afirma que "la literatura avanza siempre por delante de la crítica y el mismo insobornable individualismo que anima la búsqueda del escritor le permite detectar, en determinadas obras, virtudes escondidas u olvidadas". Y más adelante continúa: "igual que el cerebro rellena el punto ciego del ojo, permitiéndole ver donde de hecho no ve, el lector rellena el punto ciego de la novela, permitiéndole conocer lo que de hecho no conoce, llegar hasta donde, por sí sola, nunca llegaría la novela". He ahí un reconocimiento a la coautoría que incorpora al lector como parte de lo que se descubre a partir de la creación. Y se explica entonces ese encuentro entre dos voces del que habla el pensador Tzvetan Todorov en Crítica de la crítica, el que se da entre el autor y el crítico cuando éste último realiza el estudio y la valoración de una obra literaria.

Hasta aquí, las reflexiones seleccionadas nos orientan inexorablemente hacia el acto de la lectura interpretativa como el aspecto con el que se relaciona la tarea valorativa de la obra literaria: responder a la pregunta implícita que plantea. Por ejemplo, decodificar el lenguaje que el uso retórico ha convertido en poesía; apreciar una temática propuesta como hilo de unidad en un conjunto de cuentos; identificar la caracterización de un personaje, etcétera.

El ensayista venezolano Domingo Miliani, en su trabajo La crítica literaria hoy, la define como "un discurso descriptivo, analítico y valorativo de un texto literario... Su primera y básica función es asediar el texto literario, revelarlo y valorarlo". Teniendo entonces como evidente que se necesita realizar un abordaje del texto literario desde alguna teoría que corresponda —como, por ejemplo, la psicológica, la feminista, la queer, la psicoanalítica—, la valoración podrá realizarse sea, como mencionan algunos, in media res (a medida que se realiza el análisis), o al finalizar el estudio. Lo expuesto evidencia la necesidad de una preparación que daría como resultado una crítica especializada.

Existen otros tipos de crítica, la del ensayo de impresión tras una primera lectura —que puede incluir abordajes diversos—, o simplemente la crítica que no se enmarca en las ciencias de la literatura (historia, análisis y crítica académica) sino en la comunicación cultural: me refiero a las reseñas para medios periodísticos, diarios y revistas. 

Es interesante constatar que no ha cambiado mucho lo que hace casi cuatro décadas declaraba, respecto a la situación de la crítica literaria, la escritora y académica mexicana Margo Glantz: "Hasta hace poco escribir crítica literaria o enseñar literatura eran problemas que no se cuestionaban, se ejercían. Ahora se pone en tela de juicio su mera existencia y las universidades consideran a la literatura como la menos útil de sus disciplinas y la más apta para sus alumnos más ineptos, traduciendo un intento de imponer una visión cientifista y tecnocrática".

En la actualidad, además, desde un movimiento generado en Europa y que fue muy bien recibido en muchas universidades estadounidenses —más por subsistir que, tal vez, por convicciones teóricas— se intentó hacer una labor secundaria a la valoración de la literatura como propuesta estética. Esto para reemplazarla, en lo que se conoce ahora como Estudios Culturales, por interpretaciones relacionadas con diferentes problemáticas como el colonialismo, las exclusiones étnicas o de minorías, las representaciones sígnicas autóctonas, etcétera. Se elude así su reconocimiento y valoración como propuesta estética. Al momento, todavía se intenta un diálogo entre teoría y crítica literaria con los Estudios Culturales, como lo propone la ecuatoriana Alicia Ortega, quien describe esa nueva perspectiva como el intento de "problematizar la noción misma de literatura en el sentido de incorporar en ella los textos producidos por la cultura no ilustrada, de cuestionar la relación entre literatura y subalteridad" y ratificar la contaminación constante de la literatura con "otros discursos: jurídicos, social, económico, histórico, marginal, fantástico, entre otros".

Tales alternativas de análisis e interpretación de lo literario propuestas como práctica sustitutiva de la crítica literaria, dentro del mismo espacio de la academia estadounidense, son totalmente rechazadas por connotados críticos como el ecuatoriano Wilfrido H. Corral, quien tiene un amplio conjunto de obras de apreciación de nuestra literatura y de la de Latinoamérica. Otro de los problemas que se le atribuye a la labor de la crítica tiene que ver con la consagración o no de la obra literaria, con su inclusión en los cánones de lectura, ejemplo de lo cual es el autor de la obra con ese nombre: El canon occidental, de Harold Bloom. 

Lo expuesto nos lleva a mencionar el siguiente problema: el del discurso cultural hegemónico que continúa existiendo, aparte de lo ya mencionado con la academia estadounidense, sobre todo entre  el viejo mundo y las culturas de otros continentes. Parecería inadecuado y fuera de lugar poner este tema todavía sobre la mesa pero la realidad lo ratifica. Quizá, en lo que va del presente siglo, poco a poco, tal problema presente visos de solución gracias a la labor de ciertas grandes editoriales y, sobre todo, pequeñas editoriales independientes. Como afirma Domingo Miliani: "La literatura está en constante proceso de valorización y depreciación, puesto que no escapa a la dinámica social y al gusto o el consumo, mal que nos pese".

En diferentes momentos de la evolución de la crítica literaria, se ha mencionado la situación de crisis en la que se encuentra. Gabriela Pólit Dueñas se refiere a esta crisis como "una suerte de palimpsesto con el que se escribe una y otra vez, se trazan surcos que dividen territorios interpretativos a la vez que generan diversas formas de comprensión. La crisis, como el palimpsesto, es una y son varias, se repite, se borra y se vuelve a escribir". Con este marco, desde que se inició la dinámica circulación del saber mediante redes de diferente índole, afrontamos una nueva situación muy representativa del inicio del siglo XXI: la proliferación de las obras literarias, peligrosamente indiscriminada en cuanto a su calidad y maravillosamente accesibles rompiendo las antiguas barreras geográficas que aislaban las literaturas nacionales, por ejemplo. Aparentemente, el libro real ha disminuido su circulación y el virtual se multiplica de manera significativa. A la vez, las valoraciones críticas aparecen en diferentes formatos digitales: redes, grupos cerrados, páginas y blogs de periódicos, de creadores, de críticos y de lectores expertos e inexpertos.

Este momento de auge de la digitalización literaria, tanto en la escritura como en la lectura y la crítica, según algunos criterios, reubica la relación escritor, crítico y lector, la vuelve una relación horizontal en la mayoría de los casos. Jorge Téllez, en la revista Letras Libres, afirma: "A mi juicio, la mayor aportación del mundo digital a la creación y la crítica literaria tiene que ver con la inclusión, en el debate público, de los conceptos de apertura e inestabilidad. La caracterización de la academia como espacio cerrado no funciona. Se trata de ampliar el espacio de la discusión y de buscar nuevas rutas para pensar y analizar la literatura. Incluso las ideas de alguien como [Terry] Eagleton un agrio antagonista de la tecnología comparten la voluntad inclusiva, el interés multidisciplinario y, más importante, la construcción de redes del conocimiento que tanto se exaltan en el mundo digital".

Quiero terminar recordando mi lectura de uno de los últimos artículos de Beatriz Sarlo en el diario español El País. Ahí se refiere a la recomendación de Walter Benjamin de evitar el uso de la primera persona cuando un escritor se inicia, dejándola para cuando haya adquirido experiencia suficiente: "La literatura no tiene un código civil de prohibiciones y licencias. Nadie puede decir sensatamente que no debe escribir de cierto modo, dado que la historia misma de la literatura moderna es un museo de transformaciones inesperadas". Lo que nos hace retornar a Virginia Woolf: solo hágase entonces, sea desde la crítica especializada o desde la buena experiencia lectora, un recorrido profundo por el camino de cada obra literaria con la que uno se encuentre.

Fuentes:
- Virginia Woolf, El lector común.
- Javier Cercas, El punto ciego.
- Tzvetan Todorov, Crítica de la crítica.
- Domingo Miliani, La crítica literaria, hoy. (Compilación).
- Margo Glantz, La crítica literaria, hoy. (Compilación).
- Alicia Ortega, Crítica literaria ecuatoriana. Hacia un nuevo siglo. (Antología).
- Gabriela Pólit Dueñas, Crítica literaria ecuatoriana. Hacia un nuevo siglo. (Antología).
- Jorge Téllez, "La otra crítica literaria".
- Beatriz Sarlo, "Encerrar el yo en una lata".

(*) Una versión de este texto fue leída en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil, realizada el pasado mes de septiembre.

miércoles, septiembre 7

Se pronuncia cotsía


En la película Diamante de sangre, Leonardo DiCaprio interpreta a un traficante que busca como sea hacerse rico y salir de África. Hacia el final, cuando yace herido en la ladera de una montaña, tiene una revelación al ver cómo se mezcla la sangre que sale de su cuerpo con la tierra rojiza que lo acoge. No hay otro lugar donde deba estar. Se lo insinuó antes su mentor, el coronel Coetzee: “Éste es tu hogar, nunca dejarás África”.

Es muy probable que no lo sea, pero quizás este coronel fue concebido a partir de la obra de su tocayo, el nobel J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940). En ambos hay audacia, lucidez, sensibilidad y, sobre todo, una dura determinación.

Coetzee (pronunciado “cotsía”) nació en una familia de afrikáners —descendientes de colonos holandeses— y ha dicho que desde el 1 de enero de 1970, cuando se encerró para comenzar su primera novela, no ha dejado de escribir nunca. Ése es su mito de origen, pero lo cierto es que antes, tras estudiar literatura y matemáticas, ya había publicado poemas en revistas universitarias y había experimentado con la poesía generada por computadora —tomar en cuenta que lo hizo al menos unos veinte años antes de que se creara internet y se popularizara el uso de la computadora personal.

La discreción y la seriedad de Coetzee son harto conocidas, pero una mirada atenta a su obra muestra que su vida y su tiempo ya están ahí desde el primer libro. Tierras de poniente, por ejemplo, ajusta cuentas con la figura paterna como La edad de hierro lo hace con la materna; en Desgracia están los conflictos del fin del apartheid como en Hombre lento están los ocasionados por la migración (Coetzee es ciudadano australiano desde 2006); y en casi todos: el Karoo, el desierto donde creció y que será siempre su hogar.

En la feria del libro de Guayaquil, Coetzee dará una conferencia sobre la censura y leerá dos capítulos de su próxima novela, The Schooldays of Jesus (continuación de su última novela publicada, La infancia de Jesús), todavía inédita incluso en su idioma original. Oportunidad única para escuchar a quien tal vez sea el escritor vivo más importante.

jueves, julio 14

Nadie lee nada

POR FABIO MORÁBITO*

Nadie lee nada

Un amigo mío me habla pestes de un escritor reconocido. Me dice que le parece tan malo, que no ha leído una sola línea suya. Le pregunto cómo puede sustentar su juicio si no lo ha leído, y me contesta: "Por puro olfato". Le digo que a mí me parece un escritor pasable. Lo digo por puro olfato, porque tampoco lo he leído. Seguimos discutiendo, él esgrimiendo sus razones olfativas y yo las mías. No es difícil imaginar a un escritor cuyos libros nadie ha leído y sobre el cual todos opinan por olfato. Su primer libro, por ejemplo, se publica gracias a su amistad con el editor, el cual, bien sea por olfato o por falta de tiempo, sólo hojea el manuscrito y luego lo entrega al corrector de estilo de la editorial, que no lo lee, sino que lo corrige, que es distinto. El libro, una vez publicado, da lugar a entrevistas hechas por periodistas que han leído sólo la contraportada, cosa bastante común, y es reseñado brevemente por reseñistas que también sólo han leído la contraportada. Se vende poco, pero no menos que otros. Los pocos compradores leen la contraportada y luego olvidan el libro en una repisa del librero, como ocurre a menudo. El autor publica un segundo, tercer y cuarto libro, que suscitan entrevistas, re­señas, ventas bajas y cero lectores. Al cabo de una década tiene una trayectoria sólida, pero nadie lo ha leído. Es más, ni él mismo se ha leído, porque, como suele referir en las entrevistas, escribe en estado de trance, de modo que apenas revisa lo que escribe. En resumen, el único que ha pasado reseña concienzuda a sus líneas es el corrector de estilo de la editorial, que no lo ha leído propiamente, sino corregido, por lo cual no representa una fuente confiable para saber de qué tratan los libros de nuestro autor. Entre más libros suyos se publican, más difícil se vuelve que alguien lo lea, porque ha alcanzado esa modesta notoriedad que en lugar de azuzar la curiosidad del público, la mata de raíz. En suma, es un autor, de tan invisible, perfecto. Un clásico. Y a su muerte sus libros acaban en las escuelas, donde, como es sabido, nadie lee nada.


La humillación

Con una frecuencia inusual para los parámetros de hoy los personajes de Dostoievski humillan y son humillados. Léase esta frase de El idiota: "Gabriel Ardalionovitch no se atrevía a presentarse en ninguna parte a causa de lo avergonzado que estaba por las humillaciones que había sufrido". Es una frase, por la naturalidad con que se profieren en ella palabras como vergüenza y humillación, inimaginable en una novela de hoy. Nuestra sociedad, que enarbola los derechos del individuo y ha hecho de la individualidad un santuario, ha perdido la costumbre de usarlas. Es como si fueran portadoras de una pestilencia insoportable y su sola mención nos toma indefensos. Preferimos palabras menos comprometedoras como discriminación, segregación, injusticia o, a lo mucho, vejación. El caso de un buen novelista como Coetzee es paradigmático. Escribió una excelente novela sobre la humillación y la tituló Desgracia. La palabra no hace justicia al libro. La desgracia es un golpe de suerte adverso, una merma de la gracia, pero ser humillados no tiene nada que ver con la buena o la mala suerte. La hija del protagonista, de raza blanca, es violada por unos jóvenes negros, en un claro acto de deshonra que es al mismo tiempo un acto de adopción de la víctima por parte de sus verdugos. Coetzee ha leído a Dostoievski y sabe que la humillación es un secreto reconocimiento del otro. Se humilla para incorporar, para ingerir, porque el humillado es parte de uno y no se puede humillarlo sin ponerse en su lugar, por eso sólo humilla aquel que ha sido humillado a su vez, o que teme serlo y quizá lo desea secretamente. La humillación mata pero también regenera. En este sentido, todo rito iniciático es una humillación, y la humillación, como ocurre a menudo en Dostoievski, es una forma radical de desprenderse de un yo gastado. Por eso puede decirse que aquel que nunca ha padecido una humillación no se pertenece realmente a sí mismo. Hoy, al cancelarla de nuestra vida, hemos perdido la confianza en una transformación profunda y ésta es quizá nuestra auténtica desgracia.
(*) Estos dos textos fueron publicados originalmente en El idioma materno (Hueders, 2014).

lunes, agosto 31

De qué hablamos cuando hablamos de series

POR MIGUEL ANTONIO CHÁVEZ

La nueva era deudora de otra

Se ha dicho que, en términos de consumo por parte del espectador, el momento de gloria que viven las series televisivas en este siglo bien podría compararse –exceptuando las obvias diferencias de tipo tecnológico o sociopolítico– con los finales del siglo XIX, época en la que estaban de moda las novelas de folletín, aquellas que circulaban semanalmente en los diarios. De ese modo, rockstars de la época como Julio Verne o Charles Dickens, veían publicadas sus novelas de forma fragmentada en los diarios de mayor circulación, y los lectores tenían que esperar una semana hasta tener en sus manos el siguiente capítulo. De esta forma, la acción transcurría en pequeñas unidades con su propia estructura aristotélica de exposición, nudo y desenlace, y por lo tanto, quedaban cerrados en sí mismos, pero procurando dejar la puerta abierta para engancharse con el capítulo de la siguiente semana Obviamente, con la llegada de las radionovelas y, sobre todo, las series de televisión, este proceso se volvió mucho más fluido, inmediato y frenético. No se diga hoy, que gozamos de plataformas como Netflix, hija de la era del Internet, que, dicho sea de paso, permite algo antes impensable hace apenas cinco años: poder elegir cada episodio cuando y cuantas veces te diera la gana, o ver la serie de un golpe. De todos modos, hoy somos conscientes de que esta revolución, nueva era de oro de la televisión  o como le querramos llamar, es bisnieta de la revolución industrial. 

El productor ejecutivo es dios

En esta ecuación de risas, lágrimas, angustia y éxtasis en la que seguimos fervientemente a nuestros héroes y antihéroes, sería imposible no incluir la inspiración del cine, tanto en sus planos, sus referentes, sus historias. Una relación  incestuosa, orgullosamente incestuosa, como la de Cersei Lannister y su hermano, en Game of Thrones. Hitchcock, decía que en el cine el director es dios, mientras que en el documental dios es director. Parafraseándolo, en una serie tal como la concebimos hoy, el productor ejecutivo sería dios. Y qué coincidencia, si recordamos que Hitchcock fue tanto el creador como el productor ejecutivo de su serie de unitarios, Alfred Hitchcock presenta, del mismo modo en que Chris Carter o Vince Gilligan Jr., creadores de X-Files y Breaking Bad, respectivamente, fueron también productores ejecutivos de las suyas. Al respecto, Manuel de la Fuente aseguró que ‘las nuevas olas’ del cine europeo “establecieron un canon de autoría cinematográfica que aún se mantiene en la actualidad: el autor es el director”. Las series de televisión, sin embargo, cambiaron este canon debido a sus propias necesidades y dinámicas de la etapa de producción: “no es lo mismo rodar una película de 90 minutos que una ‘película’ de 10-12 horas al año”. Así, el autor en las series ya no es el director, “sino el ‘creador’, el productor ejecutivo”. 

De la tele al cine, hasta el infinito y más allá 

En décadas pasadas, era común asociar una producción televisiva con limitaciones presupuestarias en comparación con las millonadas de Hollywood. Digamos que en un principio fue cierto, sin embargo desde los cincuenta los creadores de entonces vieron en la debilidad una enorme fortaleza creativa, y por eso florecieron las sit-coms, formato heredado de la comedia teatral que, como ustedes conocen, permite que en escenarios muy reconocibles y estrictamente limitados, convivan sus personajes y desplieguen todos los gags posibles. Y esta ha sido la regla de oro desde Yo amo a Lucy, El Chavo del 8 hasta Friends. Como en la literatura o el cine, la televisión fue desarrollando sus propios géneros o creando ad infinitum pastiches a partir de estos. Sin embargo, no fue sino hasta que HBO empezó a perfilarse como esa fábrica de series exitosas tanto en audiencia como en crítica, fuera de los esquemas incluso de censura que suele operar en los canales de televisión abiertas en todos lados, habría sido imposible llevar a la pantalla chica Games of thrones, quizá la primera serie de esta era cuyas locaciones, utilería, dirección de arte y fotografía, efectos especiales, escenas de violencia y sexo, y la muerte indiscriminada de personajes que no son de relleno (aún extrañamos a Ned Stark), nos remite por su magnificencia a una factura cinematográfica. Es decir, esta serie puso un estándar muy alto “para ser de la tele”. Y aquí no solo me refiero a un asunto de producción sino de percepción: el mundo de la tele hoy es demasiado cool, empezando por los mismos actores. Lo “normal y afortunado” siempre fue saltar de la TV al cine, como hicieron Robin Williams, Woody Harrelson y muchos otros (y digo afortunado, porque no todos los de esa época lograron “escaparse” de la tele). Pero en los ochenta o noventa, hacer el camino en vicecersa, era síntoma de decadencia: como ya no te dan papeles en el cine, te tienes que conformar con las ‘migajas’. Hoy todo esto cambió. Si no, Kevin Spacey jamás habría encarnado a Frank Underwood en House of Cards

Hoy las series tampoco se podrían entender sin otro componente su importante y, hasta nos atreveríamos a decir, consustancial: lo transmedia. Este concepto alude a la transversalidad de todos los medios audiovisuales. Y podríamos decir que gracias al fenómeno Star Wars, hoy se pueden construir las grandes franquicias cinematográficas y de las series. Lo transmedia está compuesto de una serie de subproductos, si bien cada uno autónomo, pero a la vez interdependiente con los demás. Así tenemos que Star Wars, además de película, es todo el merchandising imaginable, los videojuegos, los contenidos generados por los fans (en esto fueron pioneros los Trekkies, es decir los fans de Star Trek), las películas de animación para la tele (las subtramas de La Guerra de los Clones, o esa recreación a partir de un producto, ejemplo brillante de “advertainment”, Lego Wars), así como también los cómics y las novelas derivadas de las películas canónicas de la saga. Otras series han transitado similar diversidad transmediática, como The Walking Dead, a la que solo habría que agregarle las aplicaciones para smartphones. Y la lista es mucho más larga. 

El caso de las novelas derivadas o transcritas de los guiones de películas y de los filmes per se, es un fenómeno muy interesante, aunque los casos que mayoritariamente que conozco provienen del cine. Yo mismo recuerdo que en mi infancia leí La Guerra de las Galaxias, publicada por la recordada editorial colombiana Oveja Negra, en la colección Best Sellers. Ejemplos también hay un montón, apenas mencionaré dos, uno en Estados Unidos, otro en Latinoamérica: Alien el octavo pasajero, de Alan Dean Foster. Y Kamchatka, guión original del autor argentino Marcelo Figueras que, ante el éxito de la película, él mismo la novelizó. 

Los nerds académicos también aman a las series

Así como el cine ha sido objeto no solo de crítica sino también de estudios académicos serios, las series de televisión están empezando a serlo. Por ejemplo, dos catedráticos de la Universitat Pompeu Fabra, el escritor catalán Jordi Carrión (autor de Teleshakespeare) y el académico argentino Carlos A. Scolari (co-antologador de Lostología y narrador de Narrativas Transmedias) idearon y realizaron hace un año un MOOC (acrónimo en inglés de curso online masivo y masivo), a través de la plataforma virtual Miríada X,  llamado “La Tercera Era de Oro de la Televisión”, que decidí cursar. Ahí, ellos mismos fueron parte de los que analizaron varias series como X-Files. Entre otros aspectos, ellos señalaron que esa serie significó particularmente un replanteo de la forma de representación del poder gubernamental, es decir, como una figura siniestra, un constante conspirador y encubridor. Sin embargo, lo que me pareció más ineresante fueron los esquemas narrativos que estableció Chris Carter, que de alguna forman hoy continúan: por un lado, las historias autoconclusivas de cada capítulo; por otro, la macrohistoria de la serie (la invasión alienígena y la resistencia desde la Tierra); y, en tercer lugar, que cada temporada marcaba la evolución de los personajes principales. 

Gloria Salvadó, otra de las académicas de ese MOOC, se centralizó en los finales de las series gringas, de esas en las que descubrimos que la pregunta que nos plantearon al inicio, no se resuelve completamente al final. Es más, el placer no estaría en el final mismo sino en el proceso de ir armando uno mismo las piezas, ese aparente caos que poco a poco va cobrando sentido, como el ojo que se abre que sale al inicio de Lost, y el ojo que se cierra, en su epílogo. 

Je suis Walter White

Nunca antes habían coexistido tantas ficciones televisivas de alta calidad ni tanta pluralidad. Como aseguró el mismo Jordi Carrión en una entrevista, “las series, con sus flash-forwards y sus contrapuntos y sus acelerones y sus páginas webs y sus wikis están cambiando no solo la literatura, sino nuestros cerebros. Y por tanto nuestras formas de lectura”. Hoy podemos leer y consumir las series reconociendo el aporte e inspiración que han recibido de la tradición literaria y cinematográfica. No podríamos entender la serie original de Star Trek sin Asimov ni la Guerra Fría, The Walking Dead sin George Romero ni John Russo; Lost, sin La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; The Wire, sin el cine de Sidney Lumet y Spike Lee; True Detective, sin Nietzsche, Cioran ni Laird Barron, etc.

“Por primera vez quien sanciona, organiza, canoniza un lenguaje artístico (en este caso: las series, el transmedia y los videojuegos) no es la Academia o la Crítica, sino la masa crítica, amorfa, global”, asegura Carrión, y nosotros “(no los cuatro académicos, [sino] los millones de televidentes) hemos decidido que Breaking Bad es una obra maestra, y lo hemos hecho en tiempo presente”. 

Seguiremos siendo esa masa amorfa que adorará a personajes como Walter White (pero no a Walter Blanco de Metástasis, por dios), quien luego de ganarse sus cientos de miles de dólares con la venta de metanfetamina, los guardará en el ducto de aire del cuarto del bebé que está por nacer y cuando Skyler le exija explicaciones, no solo se justifique diciendo “lo hice por la familia”, sino también –y con toda la desfachatez de las verdades desnudas– “lo hice por mí”. Y así lo haremos, con todas series venideras…

Nota: Este texto fue leído en una mesa sobre series de TV y literatura durante la última feria del libro de Guayaquil.

jueves, agosto 20

Shakespeare en el cine: apuntes fantasmas


UNO

Hablar de adaptación es hablar de supervivencia. Y no deja de ser gracioso leer esto aquí en Guayaquil, a un vuelo de corta distancia de Galápagos, una tierra que sí sabe de adaptaciones. Y adaptarse es cambiar, transformarse, a veces con resultados felices y otros no tanto. Y en el caso de las obras de Shakespeare las adaptaciones y transformaciones han sido muchas. Y así nuestro querido Will no muere nunca: una especie de zombi —ahora que están tan de moda, y estoy segura de que, en algún lado, debe haber un cineasta maquinando adaptaciones zombi de Hamlet, Romeo y Julieta o Macbeth. Y probablemente Rodrigo Fresán escribiría una grandiosa novela sobre eso.
Pero sigamos.

DOS

Hablar de adaptación es hablar de la supervivencia de una obra pero, por sobre todo, una supervivencia de la belleza. Hace un tiempo leí un libro de Elaine Scarry, On Beauty and Being Just, en el que definía a quienes estudiaban (pregrado, postgrado, etc.) como personas que intentaban ponerse siempre, una y otra vez, en el camino de la belleza. En otras palabras: unos junkies. Eso somos los lectores y los espectadores también (sin tanto título y dinero invertido): unos junkies de la belleza. Y la belleza de la obra de Shakespeare es lo que sobrevive todas las veces —con mejores o peores actores, con mejores o peores decisiones de parte de directores y productores— nada le gana a la belleza. Y adaptar las obras de Shakespeare es dejar que esa belleza hable por nosotros, por nuestro tiempo, y diga algo: diferente e igual a la vez.

TRES

Hablar de adaptación es hablar de repetición. Una adaptación es un viaje en el tiempo.

CUATRO

Hablar de las adaptaciones fílmicas de la obra de Shakespeare es tener confianza en que el tiempo pasa y no pasa a la vez.

CINCO

Recomendar: sean libros, películas, canciones, es también jugar con el tiempo y apostar por la belleza. Seleccionar algo (¿una selección natural?) y esperar que perdure. 
Yo tengo una adaptación favorita de Shakespeare. No es la más académicamente pertinente ni la más pop pero se ha quedado conmigo desde su estreno en el 2000 (y ya han pasado quince años, caray). Se trata de la adaptación de Hamlet a cargo de Michael Almereyda y con el príncipe interpretado por un joven Ethan Hawke. Ofelia, por cierto, a cargo de Julia Stiles que, hay que decirlo, es como la reina pop de las adaptaciones del autor inglés: está aquí y también en Diez cosas que odio de ti (adaptación de La fierecilla domada) y en O (adaptación de Otelo). Perdón por la digresión. Igual ,me pregunto en qué estará Julia Stiles ahora. Alguien más afectado por la selección natural de Hollywood, tal vez.
En el Hamlet de Almereyda, en lugar de un reino tenemos a la corporación Denmark; en vez de reyes, CEOs. Y el monólogo de Hamlet se da en una tienda de videos, el Blockbuster que en paz descanse. Y así, mientras Hamlet se pasea por los pasillos de la tienda (y otro minuto de silencio por la experiencia de ir a uno de esos lugares, esos flaneurs de la ficción que nada tienen que ver con los impacientes de Netflix), empantanado en su indecisión, embotellando la rabia, la culpa, la frustración, vemos en los pasillos el letrero de ACTION y, en las pantallas, imágenes de fuego y violencia. Porque el trabajo que hace Almereyda es el del found object, un juego precioso con los objetos que van dejando claves sobre lo que vendrá, lo que no se dice: la idea de vigilancia se da por cámaras y espacios donde se privilegia la transparencia; el final de Ofelia por su cercanía con fuentes e imágenes de agua en general.

SEIS

Hablar de adaptaciones es hablar de cosas que perduran.
Hablar de adaptación es hablar del riesgo de la obsolescencia.
Porque adaptar es arriesgarse.

SIETE

Tan parecidas que son las palabras adolescencia y obsolescencia.
En el Hamlet de Almereyda tenemos las dos cosas. Por primera vez, Hamlet es joven. Las representaciones del pasado lo habían dejado siempre tan adulto, y sus dudas y cuestionamientos estaban teñidas por esa adultez. El Hamlet de Ethan Hawke es vulnerable. Tiene miedo y se le nota. No sabe qué hacer y se le nota. En lugar de enfrentarse a la realidad (y no solo la realidad de la venganza sino la del amor) se escuda en pantallas. El Hamlet de Hawke está filmando todo el tiempo. Filma a Ophelia y se queda absorto mirando la imagen (cuando la verdadera Ophelia está solo unos pasos más allá), se habla a sí mismo, se filma. En vez de espejito, espejito, tenemos un pantallita, pantallita, quien es el más indeciso. Quién es el más perturbado. 

OCHO

Las pantallas del Hamlet de Almereyda (también y tan bien ambientado en Manhattan, con letreros luminosos y edificios que en lugar de paredes son solo cristal) transforman el texto de Shakespeare y hoy se siente moderno y obsoleto a la vez. Una contradicción. Como el mismo Hamlet.
Las pantallas escarban en la belleza de la obra: qué significa el duelo, qué significa que algo que queremos no se vaya nunca, no se pueda ir nunca, no queramos que se vaya nunca.
Qué significa la muerte hoy en el Planeta de las Pantallas. Qué significa el duelo de un padre (o un hermano, o un novio, o una hija) en un mundo de miles de fotos tomadas en el celular, de muros de Facebook donde podemos seguir dejando mensajes a alguien que ya no puede leerlos, de videos que funcionan a veces mejor que los recuerdos. Si la diferencia entre el duelo y la melancolía para Freud —y perdonen que me ponga académica por un segundo— era que, en el primero, es posible dejar atrás el pasado y seguir adelante mientras, en el segundo, el pasado se confunde con el presente y solo nos queda un loop de repetición compulsiva, las pantallas y tecnologías que utiliza Almereyda no hacen sino subrayar ese aullido animal que es el duelo. 

NUEVE

Y en este mundo de pantallas: ¿qué es un fantasma?
¿Qué hacemos con los fantasmas?
Tal vez toda adaptación es una casa embrujada. 
Tal vez la adaptación es el fantasma que nunca se va.

DIEZ

Una adaptación no es nunca una respuesta.
Una adaptación es una pregunta.
Es la pregunta.



Nota: Este texto fue leído en una mesa sobre Shakespeare y el cine durante la última feria del libro de Guayaquil.

Elogio de la lectura

© Edward Hopper

Suele decirse que es mejor leer cualquier cosa que no leer nada. En otras palabras, que no hay libro tan malo que no contenga algo bueno. Este simple optimismo acerca de la lectura puede resultar peligroso si no se comprende de qué hablamos cuando hablamos de leer.

Hay libros malos, es cierto, y no porque estén mal redactados, sino porque son violentos o porque reflejan aquello de lo que es capaz el ser humano. Esa violencia, sin embargo, enriquece si es discutida y compartida. Así que más que leer cualquier cosa, es posible leerlo todo; pero si esa lectura no es cuestionada, entonces pasará inadvertida y no habrá servido de mucho.

Conocer, cuestionar y disfrutar son algunos verbos asociados al acto de leer. Aunque también uno puede decepcionarse, entristecerse e incluso enojarse. Tal como en cualquier otra actividad diaria. Es así no porque la literatura se asemeje a la vida, sino porque esta solo ocurre a través de la lectura. Se leen semáforos y demás señales de tránsito, rostros, pantallas, emociones, marcas en la piel, huellas del paso del tiempo sobre los objetos, síntomas, indicios de la existencia de Dios o del destino, y un largo etcétera.

Es, por lo tanto, un texto que escribimos en nuestro interior cuando leemos lo que sucede a nuestro alrededor. Por eso se dice comúnmente que cada cabeza es un mundo. Pero nada de esto sería interesante si no fuera porque la lectura permite descubrir al otro conservando esa profundidad que solo se tiene cuando uno está solo.

Uno lee de infinitas formas: en la cama, en el bus, en el avión, en un sillón confortable, hasta es posible hacerlo caminando. Pero siempre hay un momento en que uno, así sea mentalmente, se acomoda y comienza a escuchar atentamente. Ese estado de comunión no tiene con qué compararse; es una conexión tan íntima que podría provocar que uno se ruborice.

El libro es un objeto más o menos igual en todo el planeta. Más allá de su apariencia hay una idea: el libro tal como lo conocemos hoy en día es tan solo una forma de leer. Esta cosa solitaria de pasar páginas en silencio era impensable antes de la invención de la imprenta, cuando se leía en grupo y en alta voz. Ahora, en cambio, somos testigos de la modificación de esta idea: uno “surfea” por la web, se desliza entre tuits, videos, fotos y listas. Lo importante ahora es esta nueva forma en que leemos: conectando fragmentos de distinto tipo y soporte. En nosotros está la semilla de una lectura cada vez más mezclada con la experiencia de la realidad, con la vida.

Nota: Este texto fue publicado originalmente en el suplemento de la última feria del libro de Guayaquil.

martes, julio 21

Poéticas del animal en la literatura latinoamericana del siglo XIX

Ilustración de Elicia Edijanto
POR BETINA GONZÁLEZ*
Universidad de Buenos Aires

Quizás no haya mejor modo de pensar la literatura que como a una interrogación constante sobre lo humano. Como un asedio a su diferencia. ¿Pero qué humano es ése? habría que preguntarse junto con el protagonista de una de las mejores novelas de Machado de Assis, Rubião, quien tiene largas conversaciones con su perro, Quincas Borbas. Retengamos, por un rato, la pregunta. 

La historia de la filosofía, la ciencia y las religiones occidentales nos muestran al hombre en un estatus incómodo, a medio camino entre los ángeles y los animales, alternativamente soberano del mundo y súbdito de su propia biología. Y lo que antes parecía territorio único de la ontología, en nuestras últimas décadas, se ha transformado en un terreno de debate político, cuando no biopolítico. 

A propósito de ese debate, tal vez no haya pasaje de la obra de Michel Foucault más citado que aquel que emplaza la división aristotélica del concepto hombre: “durante milenios, el hombre siguió siendo lo que era para Aristóteles: un animal viviente y además capaz de una existencia política; mientras que el hombre moderno es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente”. Para Foucault, el evento que marca la Modernidad es aquel momento histórico en que el poder toma, por primera vez, a la “vida viviente” como centro de su política, es decir, el momento en que el poder toma a la “vida biológica” de sus poblaciones como centro de su accionar. En relación con esto y de manera bastante controvertida, Giorgio Agamben dirá que ese poder borra, en cierta medida, la vieja distinción que supuestamente el idioma griego contemplaba entre zoé (o lo que Aristóteles llamaba “vida nutriente” o “vida animal”) y bíos (que significaba la forma particular de vida de un individuo o grupo, vida calificada o vida política). Para los griegos, aquel que ingresaba a la polis, debía hacerlo despojado, en cierta medida, de su animalidad; zoé era, entonces, una zona privada, una zona que no interesaba a la política. Esa distinción es la que el biopoder, al tomar también a esa “vida animal” del hombre a su cargo, erosiona para siempre. 

Lo que me interesa destacar aquí y, creo que es importante no perderlo de vista, es que no existe un momento originario en el que la vida calificada o bíos reemplazaría a la vida nutriente o zoé, ni tampoco se trata de pensar a la vida animal como sustrato de una vida pública o política, sino que la operación filosófica fundamental típica de Occidente es justamente aquella que crea en el hombre esta oposición. Es esta escisión la que Agamben interroga de distintas maneras en sus libros, que pueden ser leídos como un intento de hallar salidas a una serie de oposiciones fundamentales en el pensamiento occidental; un pensamiento en el que el hombre estaría por siempre dividido: en dos esferas de acción (el hogar o la polis), en dos vidas (la vida animal vs. la vida calificada), e incluso en dos modos de comunicarse (el phonos o la pura voz, que el hombre comparte con el animal y el logos o la palabra, que sería lo específicamente humano). 

Es justamente la palabra la que nos lleva otra vez a la literatura y a su pregunta constante por la diferencia humana. ¿Qué sucede cuando en un texto los que hablan, los dueños del logos, son los animales? Como en un espejo invertido, el animal parlante refleja inevitablemente la fragilidad del humano y su supuesta soberanía, lo absurdo de su voluntad de control y dominio de la naturaleza y de los discursos en torno a ese derecho. 

© Elicia Edijanto
Para los escritores latinoamericanos del siglo XIX este debate que hoy nos parece tan nuestro, cobraba la forma de una didáctica, de una moralidad puesta en cuestión. Claro que no estoy hablando de las novelas canónicas de ese siglo, sino de un corpus que abarca crónicas, cuentos, fábulas y obras de teatro que reflexionan en torno al poder y al derecho legítimo de soberanía. Pero no lo hacen de manera abstracta sino a partir de la relación dispar entre hombres y animales. 

Que esa intervención haya tomado la forma de una didáctica, de una literatura preocupada por modelar conductas y ciudadanos, por criticar costumbres y gobiernos puntuales no disminuye la complejidad de sus aportes pero sí quizás explica porqué estas obras han recibido tan poca atención crítica. Hoy no queremos leer literatura didáctica. El texto que se pregunta por la ética antes que por la estética nos parece pesado, mal ejecutado, entorpecido por esa voluntad de lograr un efecto. Y sin embargo, se trata de textos impresionantemente vivos justamente porque al hablar del poder y sus formas no pueden evitar referirse al hombre y sus “animalidades”. El corpus, como dije, es mucho más amplio de lo que puedo presentarles hoy y tiene resonancias interesantes en nuestra literatura más contemporánea. Por ahora, voy a concentrarme sólo en tres autores: en México, les voy a hablar de la obra de Juan Bautista Morales; en Argentina, de algunos cuentos de Eduarda Mansilla y en Brasil, de crónicas y relatos de Machado de Assis.

De estos tres escritores, la obra de Juan Bautista Morales (1788-1856) es, sin duda, la más singular. Escribiendo en el México de Santa Anna, un México marcado por la censura, las guerras intermitentes y el hambre, Morales recurre a la tradición de la fábula iluminista del animal parlante no sólo para atacar de forma más o menos velada a una dictadura feroz sino para demoler los pilares fundamentales de esa teoría del Estado que las fábulas de Jean de La Fontaine ya habían, a su vez, alegorizado.

Como señala Carlos Monsivais, Morales fue, antes que nada, un trabajador incansable. Y sin embargo sólo dejó un libro, El gallo pitagórico, en realidad una compilación de los artículos que aparecieron entre 1842 y 1853 en una especie de folleto que acompañaba a El siglo XIX, el famoso periódico liberal que dirigía Ignacio Cumplido. El gallo pitagórico se editó por primera vez como libro en 1845 y luego en 1857. Es un texto de difícil clasificación - elementos de la sátira, la tradición greco-latina y el cuadro costumbrista se combinan con gran fluidez en su factura- pero condensa como ningún otro en el siglo la relación productiva entre poder y literatura y muestra las posibilidades que la prensa periódica y los géneros “menores” abrían a la intelectualidad política del período.

El horizonte de El gallo pitagórico no es la nación sino la figura de Antonio López de Santa Anna y ese México que “crece sin crecer” sobre el que ésta se proyecta. El Santa Anna de los años ’40 era bien conocido, entre otras cosas por su vanidad, su volubilidad política y su afición a la riña de gallos. Morales toma este último dato, aparentemente menor y crea un personaje: un gallo que no es un gallo de pelea sino un gallo filósofo y aparece en un periódico con el objetivo de instruir y moralizar, de hacer progresar al pueblo mexicano. 

La anécdota que da pie a la obra es la siguiente: caminando un día por la calle, el alter ego de Morales, Erasmo Luján, oye que un gallo lo interpela y le pide que lo compre, prometiendo revelar el misterio de su habilidad parlante una vez a salvo en el domicilio del asombrado caballero. 

El misterio se revela casi inmediatamente: en el cuerpo de ese gallo vive el alma de Pitágoras quien confiesa que, “cansado de animar cuerpos de griegos, viéndolos que ya ni aún sombra son de lo que fueron mis contemporáneos, determiné viajar por la Europa culta, habitando cuerpos de individuos de varias naciones”. 

© Elicia Edijanto
Este supuesto “descenso” a la condición animal tiene que ver con adquirir ciertas libertades: no sólo la libertad sexual sino también la de la palabra y la de la opinión acerca de la “la cosa pública”; de ahí el contraste entre el gallo de Santa Anna (peleador y valentón) y este gallo filósofo y satírico. Pero este ser híbrido que construye Morales —el gallo filósofo— va más allá: aúna en un solo cuerpo el sentido común del animal y el extrañamiento filosófico. Recordemos con Louis Marin que siempre que en un texto aparece un animal fabuloso, es decir, un animal que habla, el principal tema será el de la supervivencia y la comida, es decir, el juego se plantea siempre al nivel de la vida biológica en un “comer o ser comido”. A lo largo de los próximos artículos, Morales hace de esta primera característica del animal —su lucha por la vida— el centro ingenioso de su crítica social: hambre, tripas, miseria y la falta de toda vitalidad son los elementos que definen la vida de cualquier persona en el México de Santa Anna, mientras que la opulencia y los banquetes les tocan sólo a los hipócritas que le hacen la corte al general. Entonces, el “descenso” al cuerpo animal —ese descenso o reducción del ser a sus funciones biológicas básicas— alcanza un segundo nivel: por la boca del gallo no sólo habla Pitágoras sino también la voz hipotética de la razón animal, que lo primero que entiende es el mensaje del estómago lleno y el abrigo. 

Sería muy largo enumerar todos los textos de la tradición española y europea que informan a El gallo pitagórico. Ya mencioné a La Fontaine. Habría que agregar el poema fabulístico de Gianbattista Casti (1802) Los animales parlantes y los emblemas Sebastián de Covarrubias; textos que eran antecedentes o reescrituras de la vieja tradición que equipara al soberano a una bestia, frecuentemente, un león o un lobo. Derridá le dedicó a esta analogía todo un seminario en el que analiza cómo el soberano en la filosofía política occidental es equiparado a una bestia que gobierna simplemente porque tiene el poder de devorar a sus súbditos. La cuestión del animal y lo político, del hombre y de la bestia en el contexto de la polis, la cuestión de la guerra, del Estado y de la paz no puede pensarse, entonces, sin recurrir a esta idea del animal feroz (que alcanza su expresión más clara en el Leviatán de Hobbes). La máxima “el hombre es un lobo para el hombre” funciona, entonces, como fábula fundacional del Estado pero también como inadvertida ontología. El gallo pitagórico, más allá de su carácter contingente y coyuntural de “literatura polémica”, vuelve a escribir, de alguna manera esta fábula. Ésa es la sabiduría fundamental del gallo que pronto pierde la voz de Pitágoras y habla sólo con la de sus tripas.

Más allá del modo satírico que permea toda su obra, Morales parece retomar con su animal parlante ese origen inquietante de lo político presente en las fábulas filosóficas de Hobbes y Rousseau. Fábulas que justifican el nacimiento mismo del Estado y “la cosa pública” siempre a partir de metáforas que conjuran el peligro del animal agazapado en el hombre sólo para volver a reintroducirlo en la excepcionalidad del soberano. En efecto, en un juego de espejos que parece no acabar nunca, el soberano, al estar fuera de la ley, se equipara con la bestia: como bien señala Morales a un animal no se le aplica ni “el derecho natural, ni el de gentes, ni el divino, ni el humano” como tampoco se le aplican a un dictador como “Su Alteza Serenísima” Antonio López de Santa Anna. Señala Derridá que en ese estar afuera de la ley, el soberano comparte su lugar simbólico tanto con la bestia como con el criminal y “al compartir esta condición del estar fuera de la ley, la bestia, el criminal y el soberano adquieren un parecido bastante problemático”.

De a ratos fábula, de a ratos diálogo filosófico, pero siempre sátira corrosiva, El gallo pitagórico devuelve, tal vez inadvertidamente, la razón animal al centro de la discusión política. Quizás ahí está el secreto de su mayor efectividad crítica. Sin recurrir ni al ensayo ni a una argumentación programática como lo hace, por ejemplo un texto monolítico como el de Sarmiento, Morales trasciende la forma de la invectiva y se transforma en un pequeño tratado de filosofía política. 

Si la pregunta detrás de la obra de Morales es la de la razón animal que informa a nuestra filosofía política, los Cuentos de Eduarda Mansilla llevan el problema de la animalidad del hombre a un terreno hasta entonces inexplorado por las letras argentinas: el de la infancia. Estos nueve Cuentos, publicados en 1880, son sintomáticos de las nuevas preocupaciones sociales y estatales del fin de siglo, en el que asistimos a un verdadero boom del niño, a instituciones y discursos que abogan por su educación, su protección y el análisis de su especificidad. Esa preocupación adquirió incluso el nombre de una nueva disciplina: la puericultura.

Señala Marilyn R. Brown el estudio de la infancia y los discursos que la rodean ha sido siempre un tema importante (si bien aún pendiente) en la agenda del feminismo. Los estudios de género proveen el marco para comprender que cualquier representación (sea visual o literaria) del niño y su mundo proyecta preguntas interesantes sobre el orden social de los adultos y puede revelar cómo se inscribe al niño en una política económica y sexual mayor que la aparente contingencia de ese universo pueril en el que se lo representa.

© Elicia Edijanto
En este sentido, los cuentos infantiles de Eduarda Mansilla pueden leerse al menos en tres dimensiones: 1) como modulaciones críticas de los roles de géneros vigentes en la Argentina del ’80; 2) como mini-reflexiones didácticas en torno al problema de las clases sociales; 3) como una reflexión mayor acerca de la condición humana y la cuestión de su animalidad. Estas tres dimensiones analíticas se combinan para dar una imagen compleja del concepto de “niño”.

En cuanto a la primera dimensión, dos de los cuentos (“Tiflor” y “La paloma blanca”) ejemplifican el trabajo que Mansilla hace con los roles de género. De hecho, la mayoría de estos relatos pueden leerse como reflexiones muy agudas sobre la masculinidad y la feminidad normativas prescritas por la sociedad de la época. No me voy a detener aquí en el análisis detallado de los cuentos. Basta contarles que en “Tiflor”, que buscaba ser una fábula que condenara la venganza, dos gallos pelean por todo un harén de gallinas en lo que termina siendo una parodia de masculinades finiseculares en conflicto; mientras que en “La paloma blanca” se enfrentan dos modelos de femineidad encarnados por la pelea entre dos niñas (una “machona” morenita y su rubia e inválida prima) en torno a una muñeca.

Pero también el niño es un cuento, ya que, en tanto concepto, en tanto construcción cultural, es pensado como un texto previo sobre el que siempre se proyecta la figura del adulto. El niño que juega con su juguete o que habla con su mascota ha querido verse como un antecedente del adulto en sociedad y entonces la niñez sería ese período de ensayo en el que todos los guiones están aún abiertos, al igual que todas las sexualidades. Más aún, el niño sería el borrador del hombre. O el hombre en miniatura, ese hombre al que todavía no se le ha restado su componente animal. Esta idea aparece tanto en los cuentos de Mansilla como en la crítica que Sarmiento escribe de los mismos. 

La equiparación del niño al hombre “primitivo” (hermanados en su supuesta tendencia “innata” a personificar o humanizar a la naturaleza) no es una idea privativa de Sarmiento. Lo salvaje y lo pueril eran pensados en ese fin de siglo como versiones imperfectas (cuando no radicalmente diferentes) de lo humano. Hay un cuento de Mansilla que hace tan explícita esta conexión que sorprende por su osadía: se trata de una rata que se enamora de un niño. Es un ejercicio impresionante de técnica literaria, pues todo el relato está contado desde la perspectiva de la laucha, a cuyos ojos los humanos aparecen como seres divinos frente a los que el animal no puede más que sucumbir de amor. Previsiblemente, la rata termina mal: el niño de quien se había enamorado la ahoga en una bañadera. Y al final del cuento no sabemos bien cuál sería la moraleja pues el niño es en verdad más “animal” que la propia rata.

Rousseau también se refiere a esta cercanía del niño y del animal al hablar del estado imperfecto del hombre al nacer. En un pasaje de Emilio imagina qué horrible monstruo sería el ser humano si naciera ya adulto y bien formado del vientre de su madre. Esta aberración (el hombre que nace formado y no tiene nada que aprender) es una ficción más de la “máquina antropológica moderna” que tan bien encarna el discurso iluminista. Señala Agamben (Lo abierto) que esa máquina busca obsesivamente aislar lo animal en lo humano, desterrarlo, escindir al hombre de su naturaleza. El paralelo de Rousseau entre el aprendizaje en el niño y en el animal sigue la línea de ese pensamiento . El niño que aun no es dueño del lenguaje aprendería, entonces, sólo a partir de la experiencia, de la mímesis, de la sensación al igual que los animales. 

En esta equiparación entre el mundo del animal y el del niño reencontramos, con signo diferente, las fábulas de Eduarda Mansilla. 

Es en este sentido que trascienden su vocación didáctica y se transforman en verdaderas fábulas modernas: hay en ellos una reflexión profunda sobre la experiencia, sobre lo sensible en todas sus dimensiones y potencialidades. La laucha exploradora, aturdida por la belleza de los adornos del hogar urbano, animal humanizado sólo en este sentido de lo humano pre-lingüístico, no puede más que enamorarse perdidamente primero de una cocinera a la que imagina reina y luego del niño hermoso que acaba ahogándola en una tina. La jaula de oro que resiente su destino en el desván hasta que un niño pobre la rescata de sus dueños ricos y la reivindica como su única, preciosa posesión; el mono que se aturde al probar por primera vez el pan (acto con el que sella su servidumbre); todos estos relatos participan de una reflexión profunda sobre lo humano. No es casual que en el mundo encantado de las fábulas de Mansilla los niños encarnen una versión particularmente cruel de la experiencia humana: más cerca del animal fabuloso que de sus padres ya afincados en el territorio de la ley social, estas niñas que destripan muñecas y repudian mascotas y estos niños que ahogan ratones son representantes inquietantes del paraíso perdido y reencontrado de la experiencia humana antes de la llegada de lo humano mismo.

La reflexión de Morales en torno a la bestia y el soberano y la experimentación de Mansilla con la sensibilidad animal encuentran una manifestación todavía más refinada en la obra de Machado de Assis, quien realmente usa a la figura del animal parlante como un cuestionamiento más radical de lo humano y de su voluntad de dominio, así como crítica de la “falsa” ética que la sostiene.

© Elicia Edijanto
Como no podía ser de otra manera, en el Brasil decimonónico, cualquier reflexión en torno al poder y a la dominación implica una reflexión sobre la esclavitud. Y es en las crónicas y relatos que refieren a este tema en donde Machado realiza con mayor claridad su operación de desmonte filosófico. Ya en 1871 escribe una crónica denunciando la hipocresía de la clase dominante de Río de Janeiro en la que utiliza la figura de una mona-sirvienta y parlante como parodia de la esclavitud. Podemos seguir el tema en otros textos machadianos en los que el animal —antes apenas un recurso lúdico— se transforma en el centro del relato. Por ejemplo, en una crónica fechada en 1894, Machado escribe el diálogo de un burro con el cronista. En verdad, es un monólogo del animal porque el escritor casi no habla: se limita a tres o cuatro intervenciones. El texto puede tomarse como una humorada que aboga por los derechos de los burros que movían a los tranvías de Río. Pero se trata de Machado y sabemos que la cuestión no puede ser tan simple. Una lectura minuciosa de la crónica revela que Machado, además de reescribir El asno de oro de Apuleyo en apenas dos cuartillas, hace algo más: acaba denunciando la precariedad, la inutilidad del logos (representado en la crónica por las flores que adornan el jardín) frente a la realidad muda y obscena de la explotación tanto de hombres como de animales. 

Es que, a diferencia de Morales y de Mansilla, Machado se destaca por un procedimiento genial: libera a la fábula de uno de sus rasgos definitorios, el de la moraleja. Gracias a la volatilidad y a la ironía típicas del narrador machadiano, siempre quedan en el lector el peso y la responsabilidad de la resolución didáctica de la historia. Este trabajo singular con las convenciones de la fábula y con la filosofía iluminista que la alienta alcanza su máxima expresión en Quincas Borbas (1891), la novela con la que he comenzado esta charla. Es un libro que puede leerse como una crítica a las doctrinas darwinistas del fin de siglo. O más bien a su aplicación sociológica, doctrinas que además de reflexionar sobre la animalidad del hombre (encarnada en las figuras de sus posibles zoo-ancestros) también proporcionan un nuevo marco en el que esa animalidad revela al hombre en una lucha de “todos contra todos”, según la ley que aparentemente regiría su supervivencia en el mundo moderno. Machado no hace más que burlarse del lugar incómodo en que esas doctrinas colocan al “animal político” aristotélico y, para ello, pone en boca del filósofo Quincas Borbas la doctrina del “humanitismo”.

Ese “humanitismo” no es más que una parodia de cierto humanismo europeo que declara los Derechos Universales del Hombre para luego colocarlo en el centro de un universo cuya única lógica es la de la supervivencia del más fuerte. 

En definitiva, lo que Machado hace en esta novela puede servirnos de conclusión sintética para entender la operación que los otros textos de ese fin de siglo realizan con mayor o menor éxito: si el biopoder pone en entredicho la vida animal del hombre, lo que esta literatura hace al reescribir al hombre en la voz del animal es poner en entredicho al poder y sus (i)legitimidades. En este sentido, entablan un diálogo infinito con las contradicciones del humanismo europeo. En tiempos en que el debate filosófico sigue girando en torno a la definición de hombre, en torno a nuestros status precario en tanto dueños y destructores del planeta, conviene revisar estos textos supuestamente menores de nuestro siglo XIX y recordar que tal vez la literatura no tenga todas las respuestas pero sin duda sigue siendo uno de los modos más poderosos de formular las preguntas.


(*) Conferencia dictada en la Universidad Católica de Guayaquil, mayo de 2015.