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miércoles, enero 3

Lia Wyler, autora de Harry Potter


El día que se habló de Harry Potter en mi clase de traducción literaria, no entendí casi nada del debate: parecía una pelea, uno opinando mientras hablaba el otro, negaciones, desacuerdos, y un montón de palabras que no me sonaban a nada: Lufa-lufa, Sonserina, Corvinal, quadribol.

Hasta ese momento, todos habíamos escuchado en silencio los proyectos de los otros: traducciones comentadas de autoras cariocas del siglo XIX, críticas a las traducciones brasileñas de las novelas negras de Suecia, de los cuentos de Chuck Palahniuk, de La flor púrpura de Chimamanda Adichie, de la traducción al español de Guimaraes Rosa.

Todo acabó cuando uno de mis colegas presentó su proyecto de maestría: Harry Potter y la traducción de sus neologismos en Brasil. Fue la primera vez que escuché el nombre de Lia Wyler, mientras unos y otros en la clase la criticaban o la defendían. Casi a gritos. Sin escucharse. No se me había ocurrido que en Brasil una traductora podía levantar tantas pasiones como un equipo de fútbol. Pero la pasión era sólo con ella, con Lia Wyler, la traductora que mis colegas de clase habían crecido leyendo. Y criticando.

Un año después leí, en la clase de Historia de la Traducción, su libro Línguas, poetas e bacharéis. Ahí supe que Lia Wyler no era sólo la traductora más famosa/odiada/amada de Brasil: era la primera académica que había escrito un libro sobre la historia de la traducción en su país. Un libro de consulta en todas las facultades de traducción de Brasil.

Aquel día en la clase de traducción literaria, la discusión se dividía entre quienes encontraban genial el trabajo de Wyler —inventó para el portugués 989 palabras nuevas, correspondientes a las que J. K. Rowling creó en inglés— y aquellos que la acusaban de no haberlo hecho bien a lo largo de los siete libros de la serie publicados por la editorial Rocco. O que la criticaban por no respetar los términos originales, como hicieron los traductores a otras lenguas.

Ese día, después de clases, una colega me explicó que Crookshanks (piernas dobladas, en traducción libre) se llamaba Bichento (un término usado en la región nordeste de Brasil para referirse a alguien con las piernas torcidas). Y que el famosos Quidditch se llamaba Quadribol. Que a los muggles, Lia Wyler los llamó trouxas (algo así como tontos) y que Slytherin se llamaba Sonserina (una mezcla de sonsa y ferina, falso e hiriente), Gryffindor era Grifinória, Lufa-lufa (que en el diccionario se traduce como agitación) era Hufflepuff y Corvinal era Ravenclaw, ambos términos jugando con la palabra cuervo: corvo, raven.

Y que el Knight Bus un juego de palabras entre bus, caballero y noche se convirtió en el Nôitibus Andante Busnocturno Andante, en traducción libre y que la poción para hacer crecer los huesos, Skele Gro (juntando skeleton [esqueleto] y growth [crecimiento]) se llamó Esquelesce (mezcla de esqueleto y cresce [crece en portugués]). Que Ron se llamaba Rony, que Ginny se llamaba Gina, que James Potter era Tiago Potter, que Bob Odgen se llamó Beto Odgen, que Tom Marvolo Riddle pasó a ser Tom Servolo Riddle para poder completar el acertijo del final del libro, que el Billywig era Gira-Gira, que Bill se llamaba Gui, que el Head-boy era el Monitor-chefe y que a la snicht se la llama pomo en los libros de la editorial Rocco.

También supe que ya se habían escrito varias tesis sobre la decisión de Wyler de no darle un acento rústico, del interior, al personaje Hagrid. Luego leí una entrevista suya con Folha de Sao Paulo en la cual defendía su decisión de no escoger un acento especial. “¿Qué acento debía usar? ¿Del habitante de las favelas cariocas? ¿Del campesino paulista o minero? ¿Acento nordestino? ¿Acento marginal? Eso desvirtuaría al personaje, que en vez de ser un 'rústico' inglés, entraría en crisis existencial hablando un patois ajeno a su ambiente".

De la discusión de aquel día, me quedó la impresión de que una parte de la clase se sentía dueña del texto y, por eso, criticaba las decisiones de la traductora. También me sorprendió que algunas de las críticas venían de la comparación de la traducción de Wyler con los libros de Scholastic, la editora estadounidense. Era pasar por alto que los libros de Scholastic son adaptados de los originales británicos, publicados por Bloomsbury Publishing, para adaptarse mejor al mercado. Hasta el título del primer libro, Harry Potter and the Philosopher’s Stone, fue cambiado a Harry Potter and the Sorcerer’s Stone, lo que causó que los británicos gastaran la broma de que el título había sido cambiado porque en EE.UU. no hay filósofos.

La discusión que presencié entre mis colegas me dio la impresión de que desconocían las adaptaciones que se hacen en los grandes mercados y que, incluso, son la regla en la literatura en portugués: en Brasil adaptan los libros de la mayoría de autores portugueses y en Portugal hacen lo mismo con los libros de autores brasileños. Me di cuenta luego de que no era así. A mis colegas no les faltaba información: hablaban desde la pasión de la infancia y dejaban que esta nublase su lógica de académico.

Al final de aquella hora, el profesor nos dijo, medio en serio y medio en broma, que el traductor hacía sus elecciones según lo que le daba la gana. Y llamó la atención a la clase sobre el hecho de que una traducción es también una traducción de culturas, en la que ambas partes involucradas impone límites a la otra; es decir, el traductor debe optar. Escoger. Tomar una decisión y ser consecuente con ella.

Anna Buarque, contratada por la editorial Rocco para contestar las cartas de los fans de los libros, contó en una entrevista con Fausto Magazine que los niños y jóvenes lectores se sentían tan autores como J. K. Rowling y tan buenos o mejores traductores que Lia Wyler. “Eran emails y cartas indignados cuando un personaje moría, cuando no les gustaba la traducción de este o de aquel término. Por lo que podíamos ver por los emails que llegaban, gran parte de los lectores leía el original y la traducción”.

Lia Wyler tenía cuarenta años en 1974, cuando entró a la universidad para obtener su título en Letras, cinco años después de haber comenzado a trabajar en la traducción editorial. Luego hizo su maestría en Comunicación, defendiendo la tesis La traducción en Brasil, en la cual habla de la condición de “invisibilidad” del traductor. Una ironía para quien se convirtió en la traductora más famosa de su país.

El inglés lo aprendió en el colegio, donde además de portugués, había clases de latín, francés, español e inglés. Desde los doce años tuvo amigos ingleses. Había salido del colegio, se había casado con un hombre en cuya familia sólo se hablaba inglés, fue madre, trabajó para embajadas y empresas estadounidenses y vivió en Europa antes de inaugurar su segunda vida, la de traductora profesional.

Antes de J. K. Rowling, había traducido a Henry Miller, Joyce Carol Oates, Margaret Atwood, Gore Vidal, Tom Wolfe, Sylvia Plath y Stephen King. Y fue presidenta del Sindicato Nacional de los Traductores, de 1991 a 1993. Cuando la editorial Rocco compró los derechos de traducción para los dos primeros libros de la saga, Lia Wyler acababa de recibir un premio por la traducción de The It-doesn't-matter Suit de Sylvia Plath, publicada por la Rocco. “Eso y mi conocimiento de la cultura británica hicieron que yo fuese una elección natural”, declaró ella a la revista Veja.

De las sesenta y siete traducciones oficiales de Harry Potter (incluyendo las versiones para los Estados Unidos y para los mercados portugués y brasileño, y tanto en griego antiguo y moderno) sólo la traductora brasileña reinventó los términos para su lenguaje. Si en español encontramos la mayoría de los nombres y las palabras inventadas en inglés, casi sin cambios, en la traducción de Brasil la ambición de la traductora acercó el mundo de Harry Potter al lenguaje local.

Las polémicas fueron muchas durante los diez años en que Wyler tradujo Harry Potter: además de los siete libros, también tradujo Los cuentos de Beedle el Bardo, Animales fantásticos y dónde encontrarlos y Quidditch a través de los tiempos. Pero ella contó con la autorización —y los elogios públicos— de J. K. Rowling, por los riesgos que tomaba en su trabajo. Pero cada vez que salía un nuevo libro, los lectores volvían a escribir a Rocco para protestar por los nombres de las escuelas o los personajes.

A esto, Wyler respondió en una entrevista con la página web Omelete lo siguiente: “Tengo la impresión de que las personas que insisten con ese tema no se dan cuenta de que Harry Potter y la piedra filosofal fue escrito para niños de siete a doce años, que no saben el suficiente inglés como para entender el humor que los nombres contienen. La influencia del inglés en nuestro día a día no es suficiente para que todos los lectores perciban el significado de los nombres. Por otro lado, las decisiones tomadas en el primer volumen de una serie son obligatoriamente mantenidas hasta el último volumen. Las personas que aún hoy critican, ciertamente no leyeron con atención las explicaciones que vienen siendo dadas desde el año 2000”.

lunes, marzo 20

Solange Rodríguez: "Elegir la docencia es dejar el cinismo"

POR NELLY MARRIOTT

La escritora Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) nunca quiso ser profesora. De muy joven, quería ser doctora y no seguir el camino de su padre: un profesor que disfrutaba de su trabajo. Veinte años después, sin embargo, piensa diferente. Como académica, en febrero del presente año ganó el premio Matilde Hidalgo en la categoría de Arte y Cultura. Este reconocimiento está dirigido a docentes que hayan contribuido con méritos al arte nacional y posean una trayectoria admirable y de inspiración. Rodríguez es cuentista, cronista y gestora cultural; ha publicado seis libros: Tinta sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007), Balas perdidas (2010), Caja de magia (2013), y La bondad de los extraños (2014). Aparece, además, en varias antologías internacionales. En el 2010 obtuvo el premio Joaquín Gallegos Lara en la categoría de cuento.

Solange Rodríguez es considerada una figura destacada de la ficción latinoamericana según la universidad de Louisville, Kentucky. Ella fue invitada por esta universidad para participar en la "Conference on Literature and Culture" que se hace desde 1990, donde participan alrededor de cuatrocientos escritores y críticos literarios de todo el mundo. Rodríguez también dirige talleres literarios y es gestora en diferentes espacios de la ciudad de Guayaquil. Ha sido invitada para representar a Ecuador en varias ferias del libro, entre ellas las de Guadalajara, Buenos Aires, Santiago de Chile, Lima, Bogotá y La Habana, aparte de las de Quito y Guayaquil.

"La docencia es una investigación y la investigación es un alimento permanente de la escritura. Todo va de la mano", señala Rodríguez. Ella llegó a la cátedra por la comunicación y por financiar la carrera universitaria que cursaba, en literatura. Actualmente, piensa que la docencia es un camino de aprendizaje y rejuvenecimiento para quien lo imparte. Menciona que su aspiración es ser coherente, no llevar una bandera de posición moral, política, social o de buena conducta. Más bien, se considera una persona entusiasta, lo que equivale al amor por lo profundo y radical, y en este caso, amor a lo que hace. "En este camino he conocido, por ejemplo, a maestras unidocentes que viajan horas todos los días para trabajar con 60 alumnos en un espacio pequeño. Sé de profesores que ayudan a que sus alumnos sean sensibles y se conmuevan con el arte aunque sus recursos sean limitados. Esos son docentes loables, gente que merece mi absoluto respeto", indica la galardonada.

Para la escritora fue una sorpresa recibir el premio y menciona que se siente afortunada de estar asociada a la figura de Matilde Hidalgo puesto que la considera una mujer formidable y valiente. "Creo que hay personas con una enorme obra y trayectoria que lo merecerían cien veces más que yo, pero los premios son eso, obra del azar. Esta vez me tocó a mí". Solange Rodríguez recibió este premio por su creatividad, su innovación y su excelencia en la educación superior que fue calificada en distintas evaluaciones por parte de sus alumnos.

Entre sus últimos proyectos académicos está la materia que dicta en la Universidad de las Artes en Guayaquil, se llama "Lectura y Escritura del Relato". Invitó a sus estudiantes a involucrarse con la tradición de narrar historias volviendo al sistema del cuento original, que es expresar en voz alta una historia que se destaque por su carácter anecdótico. Este ejercicio se desarrolló en un centro literario abierto al público. "Se trata de, en lugar de escribir, contar. El acto de escuchar activa partes del cerebro donde están los recuerdos, que no se activan con la lectura", indicó la escritora. En este evento, varios de los alumnos contaron, desde su propia experiencia, ficciones que han estado con ellos durante toda su vida. Historias de fantasmas, de hadas y duendes, eventos sobrenaturales que han sido trasmitidos por sus mayores de generación en generación. Uno de sus estudiantes comentaba que al principio se sentía incómodo al estar frente a un público contando las historias de su abuela, pero Rodríguez remarca que "el aprendizaje está para incomodar, para sacarte de tu zona de comodidad donde no estás experimentando nada nuevo". Al final, las sonrisas con las que culminaban los jóvenes demostraba el éxito del ejercicio y la creatividad e innovación con las que la premiada dirige sus asignaturas.

Solange Rodríguez señala que todos los días, en la profesión como maestra, es consciente de la brecha generacional que existe entre ella y sus alumnos, y el temor es que algún día esa brecha sea tan enorme que se vuelva insalvable. No obstante, piensa seguir trabajando con sus estudiantes, ya que los considera sus pares, y abrir un grupo de investigación para examinar y documentar el cuento ecuatoriano. "Elegir la docencia es dejar el cinismo que viene con la edad y volverse un humanista. Creo que es de valientes y de personas con un corazón y una convicción enormes de que el futuro no nos puede traer más que cosas mucho mejores". También menciona que desde este momento de su vida presiente que aún falta mucha más escritura y movimiento. Por este motivo, espera lanzar este año una antología personal de sus relatos.

Solange Rodríguez Pappe trabajó como profesora de literatura en el colegio Liceo Los Andes y luego en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, donde también dio clases de comunicación social. Continuó sus estudios de cuarto nivel en la Universidad Andina de Quito con una especialización en literatura fantástica. Actualmente, trabaja como docente de tiempo completo en la Universidad de las Artes.
Fotografía de Amaury Martínez

martes, marzo 15

El escritor fantasma: redescubriendo a Marcelo Chiriboga

Cortesía de la Fundación Marcelo Chiriboga

A mediados de los 90, un equipo de reporteros mexicanos viajó a Ecuador para continuar una serie de entrevistas a los grandes escritores del boom latinoamericano. Comandados por Julio César Langara, los mexicanos arribaron en busca del escurridizo Marcelo Chiriboga, quizás el mejor de todos los autores de ese ambiguo grupo. Pero nada más llegar al país se dieron cuenta de que su tarea sería más complicada de lo que habían imaginado. De Chiriboga nadie sabía nada, mucho menos de sus libros.

Como buen periodista, Langara decidió salir del aprieto visitando el lugar donde se desarrolla la obra maestra de Chiriboga, la novela La línea imaginaria, y armar un programa con las sobras que encontrara en el camino. Fueron a explorar el antiguo territorio amazónico de Ecuador y, cuando parecía que la solución a sus problemas aparecía, se encontraron en medio de fuego cruzado. Literalmente: la guerra del Cenepa había comenzado. Así, Langara y su equipo, como soldados inexpertos y extraviados en tierra de nadie, revivieron sin quererlo la trama del famoso libro.

Esto lo cuenta Langara en el nuevo documental del cineasta ecuatoriano Javier Izquierdo, Un secreto en la caja. Con entrevistas a quienes lo conocieron, entre ellos su hija Sofía, esta película cuenta la azarosa vida del invisible autor. O, más bien, habría que decir fantasma, porque Marcelo Chiriboga fue indudablemente silenciado y dado por muerto por la mezquina intelligentsia de su propio país.

Nacido en 1933 en las faldas del Chimborazo, Chiriboga fue hijo de Bartolomeo, un militar retirado, y de Beatriz, quien provenía de una familia de antiguos terratenientes. Tuvo dos hermanos, Eloísa y Antonio, quien murió en la guerra del 41 —un tema, el bélico, que ocuparía un lugar central en la obra del futuro escritor. Ya de adulto, Marcelo trabajó como periodista para el diario quiteño El Comercio hasta 1962, cuando se unió brevemente a los guerrilleros del grupo Toachi. Su incursión en la lucha de clases provocó la escritura de Diario de un infiltrado y su exilio europeo. Pero Chiriboga no escogió París, como otros intelectuales de su generación, sino Berlín oriental, es decir, la parte comunista.

Durante su estancia en Alemania, Chiriboga escribió La línea imaginaria, que fue publicada por la editorial Terra, dirigida por el capo literario Alberto Castellet. Casi por la misma época, su libro de cuentos Jardín de piedra ganó el prestigioso premio de la Casa de las Américas. La creciente fama mundial de Chiriboga, sin embargo, era inversamente proporcional en Ecuador, donde el presidente Velasco Ibarra prohibió la edición de sus obras y personalidades de la cultura oficialista, como Benjamín Carrión, Guayasamín y Jorge Enrique Adoum, calificaron a su obra como traición a la patria y lo acusaron de ser un invento de otros escritores. Por si fuera poco, se le prohibió el ingreso al país.

Mientras tanto, Chiriboga se casó con la actriz alemana Remi Lowenstahl, con quien tuvo una sola hija, Sofía, quien hoy es una artista visual residente en Nueva York. A su boda asistieron, entre otros, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, quienes en un confuso episodio terminaron a los golpes. Hannes Krug, amigo de Chiriboga, confiesa en el documental que el motivo de la pelea fue la captura del escritor cubano Heberto Padilla por orden del dictador Fidel Castro.

Años después, Chiriboga se mudó finalmente a París, donde sucumbió ante el alcohol y escribió La caja sin secreto, quienes algunos califican como una dura crítica a los años del boom. Durante la corta presidencia de Jaime Roldós, se le permitió la entrada al país a Chiriboga, pero, en lugar de ser triunfal, su regreso coincidió con el agravamiento de una enfermedad que lo aquejaba desde París y la guerra de Paquisha, y culminó con la reclusión voluntaria en la casa de su hermana. Allí, Chiriboga continuó escribiendo maniáticamente hasta su muerte en 1990 a los 57 años, pero sin publicar una sola página.

Entrevistado por Joaquín Soler Serrano para su programa "A fondo" (en el que, dicho sea de paso, aparecieron Rulfo, Borges, Cortázar, Dalí, Polanski, etc.), Chiriboga dejó un breve consejo para los jóvenes: que escriban como si no tuvieran un país. Esa fue la receta para la gloria de un escritor fantasma, perfecto representante de un país imaginario de nacimiento. Que el documental de Javier Izquierdo sirva de ahora en más como punto de partida para recuperar la vida y obra de quien mejor supo interpretar ese malentendido llamado Ecuador.

martes, marzo 24

El léxico último de Leila Guerriero

Fotografía de Daniel Mordzinski

Crónicas, ¿para qué? “Se escribe para tratar de entender”, sí, siempre hemos tratado de entender. Tenemos la ficción y sus pactos de lectura. Sabemos que nos cuentan algo que es mentira y por otro lado, sabemos que nos cuentan algo que es verdad (parafraseando a Martín Caparrós). Por lo tanto, queda claro que los límites entre periodismo y literatura ya se cruzaron hace tiempo.

Se habla de un boom del periodismo latinoamericano cuando la crónica fue tan bien tratada por los modernistas y mucho tiempo después por algo conocido como el Nuevo Periodismo norteamericano en los sesenta. Los abordajes para cada tiempo son distintos y el testimonio de cada época se recoge en una variedad de expresiones artísticas. 

En el desfile de cronistas latinoamericanos hay una gran variedad para apreciar los distintos estilos y experiencias en el amplio territorio de las realidades latinoamericanas. Hay entonces voces que encuentran una particular relación entre realidad y texto, entre lo que es saber narrar y conjugar información con las libertades del lenguaje.


Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967) es el nombre que no puede faltar en el actual panorama de la crónica latinoamericana. Ella es periodista. Ella es cronista. Ella es lectora de literatura. Siempre se define así y siempre encuentra una forma de conducir su narrativa a su propio ritmo.

La experiencia de Leila Gurriero empieza en 1991 en el periódico argentino Página/12. Actualmente colabora en La Nación de Argentina, El País, de España, El Mercurio, de Chile, y Gatopardo, de México, espacio donde también ejerce labor editorial. Sus trabajos están incluidos en las antologías Las mejores crónicas de Gatopardo (2007), Crónicas Soho (2008), Mejor que ficción (2012) y Antología de crónica latinoamericana actual (2012). Sus títulos individuales son: Los suicidas del fin del mundo (2005), Frutos extraños (2009), Una historia sencilla (2013 y la reciente Zona de obras (2014). Su texto “El rastro de en los huesos”, recibió el Premio Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en 2010.

Leila Guerriero utiliza un lenguaje poético en la mayoría de sus crónicas y usa herramientas propias de la literatura. Esta cualidad de su estilo narrativo es abordable con la idea que Richard Rorty desarrolla en el texto Contingencia, ironía y solidaridad: "Todos los seres humanos llevan consigo un conjunto de palabras que emplean para justificar sus acciones, sus creencias y sus vidas (…) Son las palabras con las cuales narramos, a veces prospectivamente y a veces retrospectivamente, la historia de nuestra vida. Llamaré a esas palabras el “léxico último” de una persona".

De esta manera el concepto “léxico último” es una posibilidad para apreciar la producción periodística de Guerriero. A partir de esta particular construcción del lenguaje, la autora acerca al lector una realidad comúnmente desconocida, se apropia de ella y le da un sentido a contextos casi siempre invisibles:

El mundo no habla. Solo nosotros lo hacemos. El mundo, una vez que nos hemos ajustado, una vez que nos hemos ajustado al programa de un lenguaje, puede hacer que sostengamos determinadas creencias. Pero no puede proponernos un lenguaje para que nosotros lo hablemos.

En su trabajo, Rorty introduce el término “ironista” para referirse a quienes cuestionan los límites del “léxico último” y que analizan el hábito “de haber aprendido el lenguaje equivocado y haberlo convertido con ello en la especie errónea de ser humano”. En Guerriero la exploración de su territorio lingüístico demuestra la capacidad de adecuar su discurso a un segmento de la realidad, muchas veces lejano, muchas veces desconocido:

Es un ironista exactamente en la medida en que su propio léxico final no contiene tales nociones. Su descripción de lo que está haciendo al procurar un léxico último mejor que el que utiliza habitualmente, está dominado por metáforas del hacer más que el del descubrir, de la diversificación y de la originalidad antes que de la convergencia con lo que ya estaba presente. Concibe los léxicos últimos como logros poéticos antes que como frutos de una investigación cuidadosa según criterios previamente formulados.


La intervención periodística de Guerriero está ligada a varias formas de afrontar los ámbitos que describe en sus textos y ese “léxico único” se materializa en la elección de sus temas: ¿Qué realidad le preocupa? ¿Cuáles son sus historias? 

En Leila Guerriero hay una notable colaboración entre su quehacer periodístico y el manejo de un lenguaje que demuestra una preocupación por el otro. Esta característica justifica las decisiones que derivan de la siguiente regla del Literary Journalism: “Los periodistas literarios desarrollan el significado al construir sobre las reacciones del lector”. Las crónicas de Leila Guerriero revelan una aguda sensibilidad y participación en el drama del otro, lo explico con Rorty: 

En particular, las novelas, las obras de etnografía que nos hacen sensibles al dolor de los que nos hablan nuestro lenguaje deben realizar la tarea que se suponía que tenían que cumplir las demostraciones de la existencia de una naturaleza humana común. La solidaridad tiene que ser construida a partir de pequeñas piezas, y no hallada como si estuviese a nuestra espera.

En el discurso narrativo de Guerriero se encuentra una de las nociones de solidaridad a las que se refiere Rorty: “¿Qué otra cosa puede ser, si no la solidaridad humana, nuestro reconocimiento de una humanidad que no es común?”

Las descripciones, cuando describir es una característica esencial en las crónicas, están matizadas por una construcción de imágenes y términos recurrentes que dan hasta un ritmo único al material escrito:

La función poética no es la única función del arte del lenguaje, sino la función dominante de aquél, y determinante, mientras que las demás actividades verbales desempeñan tan solo un papel subsidiario, accesorio (…) Es obvio que la función poética del lenguaje no caracteriza a un solo tipo de discurso, por ejemplo, la poesía o la literatura. Todo ejercicio del lenguaje, aparte de la poesía puede dar esta función poética.


El recorrido por las crónicas de Guerriero da como resultado una consistente combinación entre datos de la vida concreta e imágenes poéticas. Su estilo avanza diseñando un armonioso sendero adoquinado por los adjetivos adecuados y las prosopopeyas que animan cuadros al parecer grises por estar al servicio de la información:

- Subí a mi cuarto. Cerré la puerta. Encendí el televisor y no había nada. Sólo estática, una nube gris. El viento arrancaba las ventanas de su sitio, los dientes y las muelas.

- Cuando me acosté el ruido de las ventanas era un temblor profundo, una maldad interminable.

- No había nadie en la calle. El viento sumergía a la ciudad en un velo triste de polvo.

- Cuando me acosté el ruido de las ventanas era un temblor profundo, una maldad interminable.

- Afuera los árboles grises parecían hechos de plumas, de alas muertas, arañados por una fuerza con malas intenciones.

- Afuera el viento era un siseo oscuro, una boca rota que se tragaba todos los sonidos: los besos, las risas. Un quejido de acero, una mandíbula.

Este flujo de datos secos, directos, crea un mundo tan parco y duro como el que recogen las palabras, sello estilístico de la autora que posibilita encontrar en cada descripción una sucesión de imágenes, repeticiones que golpean las líneas en una cadena sonora que saca al lector de la mera inteligibilidad y lo aproxima a las sensaciones. Vale asociar el fenómeno a lo que Hans-Georg Gadamer menciona en “El texto eminente y su verdad”:

Así como la palabra «texto» refiere, en realidad, al entrelazamiento de los hilos en un tejido que, por sí mismo, se mantiene unido y no deja que los hilos se salgan de su sitio, así también el texto poético es texto en el sentido de que sus elementos convergen en una palabra unificada y en una sucesión armoniosa de sonidos. Esta unidad constituye no sólo la unidad del sentido del discurso, sino también, con el mismo impulso, la de una configuración de sonidos.

En los textos de la autora argentina se observa como una de las características fundamentales de su trabajo el discurso cotidiano, convertido en una línea de rastros poéticos y en palabras de Gadamer: “Un texto poético no es como un pasaje en el curso de un discurso, sino que un todo que se sale de la corriente de las palabras que van pasando”. Estas “palabras que van pasando” encuentran su razón de ser en la estructura que la autora elige para contar la historia e ir incorporando los datos informativos. En Una historia sencilla su elección es la frase corta en el primer párrafo para luego pasar de la descripción del espacio e ir intercalando sus reflexiones también en oraciones simples.

En Los suicidas del fin del mundo, la autora decide utilizar la descripción de un espacio y ubicar el tiempo de la narración desde la primera línea. Claro está que en el transcurso de la historia hay saltos en el tiempo, presente y pasado marcan ritmo a este relato:

El viernes 31 de diciembre de 1999 en Las Heras, provincia de Santa Cruz, fue un día de sol. Había llovido en la mañana pero por la tarde, bajo el augurio favorable del que parecía un verano glorioso, se hicieron compras, se hornearon corderos y lechones y se vendieron litros de vino y de sidra. Allí, y en toda la Argentina, se preparaba la juerga del milenio con fiestas, alcohol y fuegos de artificio. Pero en Las Heras, ese pueblo del sur, Juan Gutiérrez, 27 años, soltero, sin hijos, buen jugador de fútbol, no vería, de todo eso, nada. No sabía mucho de la muerte – como no lo supieron los demás, los otros 11- pero el último día del milenio supo que no quería seguir vivo.

Guerriero consigue el molde adecuado para configurar sus narraciones, el dinamismo entre la palabra coloquial y el registro poético evidente en sus relatos. A esto se suma la versatilidad en el uso de imágenes, la construcción de un espacio sensorial que complementa la función informativa.

martes, marzo 17

Maestro, amigo y autor: en conmemoración de Miguel

Fotografía tomada de El Comercio

La sonrisa de Miguel era una sonrisa de picardía, de razón, de conocimiento almacenado por una vida que defino como de aventuras. Era una sonrisa que podía verse como un gesto de incredulidad, de curiosidad, de sorpresa, de confidencia. De Miguel, lo primero que recuerdo es su sonrisa. Cuando lo conocí, su voz ya era un susurro y atender a sus palabras era un rito, de esos que te gustan hacer, como poner tu nombre en un libro recién comprado, como estornudar con ganas, como llorar por un gol de tu equipo y besar la camiseta.

Miguel fue maestro, escuchaba, te decía lo que creía de lo que habías escrito y remataba diciendo: “Pero yo no tengo la razón, al final tú eres el autor”. Dejaba que otros hablaran, que se discutiera. Si tu argumento funcionaba, no había nada más que hacer. La dinámica de Miguel en los talleres era la de generar lectores capaces, gente que quisiera arriesgarse a escribir en función de su rigurosidad como apasionados por otros universos narrativos. No era exigencia, era confidencia.

Miguel fue amigo. Para mí, comensal de fines de semana, encantador de historias, capaz de encontrar la relación entre el “Mac the knife”, de Brecht y Weil, y el “Pedro Navaja”, de Rubén Blades; de hacernos reír al contarnos cuando Rulfo y Vila-Matas se encontraron por primera vez en México; de cuando me habló de Bolaño, con la duda: “No sé por qué hizo ese personaje basado en mí”, refiriéndose al Vargas Pardo de Los detectives salvajes. Miguel me regaló libros, eso siempre ha sido un acto de amor. Tengo a Rushdie, a Styron en mi biblioteca por él. “Tengo algo para ti”, me dijo una tarde, extendiéndome un ejemplar de Muchachos desnudos bajo el arcoíris de fuego, ese libro que Miguel ayudó a editar a Roberto Bolaño, en el que hay obra de Mario Santiago y de Fernando Nieto. Ese es el libro que salvaría si se acaba el mundo.

Miguel fue autor. Complicado. Henry Black y Hoy empiezo a acordarme. La cuestión era darle la vuelta a la narrativa. “No lean eso”, nos dijo una tarde cuando nos vio con un ejemplar de su Henry Black. Sigo entusiasmado con Krelko. Leonor me partió el alma. La muerte de Tyrone Power en el Monumental de Barcelona nos trae a un manaba llamado Clítoris y no se puede pedir más. Escribía cuando ya los dedos no le respondían. Tenía disciplina y eso nos hace falta a muchos.

Miguel ya no está. El cariño se queda, siempre. Miguel nos curó a muchos con una frase, un abrazo, una sentencia. Esa cura es suficiente. Eduardo Adams, otro compañero tallerista, escribió: “Te quiero mucho, Miguel”. Adams habló por todos. Miguel no está, pero está. Miguel es.

Gracias, Miguel. La vida se vive mejor porque estuviste por acá.

Miguel Donoso Pareja: In Memoriam

Fotografía de Víctor H. Asencio

En las sesiones del taller literario que, en los 80, coordinaba Miguel Donoso Pareja (Guayaquil, 13 de julio de 1931 – 16 de marzo de 2015) solía bromear acerca de su literatura; él decía que aquella era la escritura de un sádico para lectores masoquistas; frase que se explica dado que él es uno de los representantes de la literatura experimental más radical, en nuestra América, de finales de los 60.

Sus novelas Henry Black (1969) y Día tras día (1976) son ejemplo de lo dicho. Textos que enfrentan al lector, desde la experimentación de los puntos de vista narrativos, a ese laberinto de espejos que es la existencia del ser humano. En la segunda novela, la experiencia erótica transita la angustia existencial que implica la búsqueda, el encuentro y la pérdida de Gudrum, la mujer simbólica. La preocupación por el drama existencial del ser humano atraviesa toda la obra de Miguel así como las vicisitudes del exiliado y su retorno a la patria, como lo desarrolla en Nunca más el mar (1981).

Uno de los textos más jóvenes, si por juventud se entiende los novedoso, de nuestra literatura de finales del silgo veinte, sigue siendo Hoy empiezo a acordarme (1994), como ya lo he escrito antes. Y es que en esta novela, Miguel construye una manera diferente de narrar la historia novelesca y, al mismo tiempo, nos muestra un sujeto que narra envuelto en una relación compleja de realidad, ficción y verosimilitud. Como si se comunicara con Día tras día, la experiencia erótica en Hoy empiezo a acordarme se vuelve metáfora de la existencia humana.

Los cuentos de Miguel son una suerte de laboratorio de experimentación escrituraria. Pero, sobre todo, son una disección constante, minuciosa, de pinceladas profundas en el lienzo de la condición humana atravesada, como si fuera un hilo conductor del espíritu, por la experiencia erótica marcada por lo efímero y la soledad. En el cuento “La Maga en Medellín” (Lo mismo que el olvido, 1986) existe el juego intertextual con la novela de Cortázar, la reflexión filosófica del narrador desde la experiencia vital que vive en la historia narrada y, por supuesto, la enunciación desde los personajes de lo que será la constante en el amor. Ella dice al comienzo del relato: “Hacer el amor es para mí una forma de conocimiento, porque los cuerpos son en sí mismos, una sabiduría particular…”; al final, ella se despide: “Todo conocimiento no es más que olvido —le dijo, y comenzó a recoger su ropa, desperdigada por el cuarto”.

Miguel fue un maestro tan generoso como implacable. En los talleres enseñaba toda aquella “cocina literaria” que un escritor construye con la experiencia de la propia escritura. La mostraba de manera pertinente cuando hacía las observaciones del caso a los textos de nosotros, sus alumnos; enseñaba toda su práctica de la escritura para ahorrarnos el largo camino de aprendizaje que a él le había tomado. Pero jamás hacía concesiones con sus alumnos: su crítica literaria era implacable frente a un texto que no funcionaba. Me acuerdo haber tenido listo, en 1980, un libro de cuentos titulado Toda temblor, toda ilusión: su criterio meticulosamente razonado me ahorró las críticas que, de todas maneras, hubiesen caído sobre aquel y retiré el libro de la imprenta.

La vocación de maestro tal vez le venía de sus años de titiritero. En la década del 50, Miguel —junto a su esposa de entonces, la pintora Judith Gutiérrez y al poeta Nani Cazón Vera— recorría las calles de Guayaquil con su teatrín “Los títeres de la carreta”. Llegó el día en que cada vez que los niños lo veían pasar, le gritaban: “¡títere! ¡títere!”. Implacables, sus gritos se convirtieron en el leitmotiv que palpitó en “Títere”, cuento de Krelko (1962); historia de un hombre triste que se siente feliz en medio de los niños que lo llaman así, “hasta que pisoteó a sus muñecos y lloró sobre sus pequeños cadáveres” y, al final, “murió como sus muñecos, pisoteado por su propia tristeza”. De niño, mi hijo Sebastián, que lo veía cada año cuando íbamos a pasar navidades en Guayaquil, le decía “Miguelcito”, pero nunca le pidió ¡títere!

Los textos de Miguel hablan de la imposibilidad del amor y del precario equilibrio al momento de su realización. De hecho, la experiencia amorosa en los textos de Miguel es intensa, compleja, profunda. Tanto el narrador de sus novelas y cuentos como el hablante lírico de su poesía, siempre andan en la búsqueda de Gudrum, esa mujer que es todas las mujeres y, por tanto, inexistente. Mas, estoy seguro de que, en lo personal, Miguel encontró, en las últimas tres décadas de su vida, a esa Gudrum que no es tal, sino que se llama Isabel Huerta, su compañera vital, la que dio un vuelco a esa imposibilidad literaria para comprobar que el amor es posible y su existencia es compacta como el tronco anudado del matapalo.

Para mí, haber sido alumno del taller literario de nuestro querido Miguel Donoso Pareja, y haber compartido el afecto fraternal que nos unió, fueron privilegios singulares que la vida me concedió.

En enero de 2007, Miguel Donoso Pareja recibió el Premio Nacional Eugenio Espejo, en Literatura, máximo galardón que otorga el Estado ecuatoriano a un escritor. Acompañamos a Miguel, que está sentado: Isabel Huerta, su esposa; Miguel Donoso Gutiérrez, su hijo; e Iti Vera, su nuera.
(*) Publicado originalmente en el blog del autor.

martes, junio 10

El terror de la obsesión


Despojada del habla típica de un escritor, Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) encuentra en la literatura la única forma de despojarse de personajes que la persiguen. De obsesiones amplias (fantasmas, terror, sexo entre hombres), no quebranta su rabiosa juventud, desde donde escribió su primera novela y de la que pasaron casi veinte años para que se reedite. Una mujer que podría ser la Pizarnik de la prosa. 

“Yo tenía veintiún años. No conocía a ningún escritor profesional ni había escritores en mi familia, no había asistido a ningún taller literario ni estudiaba letras. No era mi ambición, tampoco, escribir novelas. Tenía que contar la historia de los personajes que me hablaban y tenía que escribir mis obsesiones porque era una necesidad física. Sigue siendo igual, aunque ahora conozco a varios escritores”, dice  Mariana Enriquez en el prólogo a la reedición de lo que fue esa primera novela: Bajar es lo peor (Galerna, 2013).

Trabaja hace aproximadamente dieciocho años en periodismo, y antes de enrolarse en este oficio ya había escrito Bajar es lo peor. Con tan solo 21 años de edad trabajó una historia, cuajada en años de mucha turbulencia para Argentina. Está situada en los años 90 y teñida con la crudeza de un joven que se inicia en un mundo muñido de novedades; describe a personajes que se van a ver atraídos por las drogas más pesadas y las relaciones homosexuales. En ese momento fue considerada como la escritora más joven de Argentina.

Consultada muchas veces en distintos medios de comunicación por la formulación de la historia y sus métodos de composición, Enriquez siempre se corría de esos lugares, porque entendía su envergadura con el azar cuando le llegó el momento de publicar la historia.

“No solo no tenía intenciones de publicarla sino que no conocía a nadie en el medio. Mientras la escribía me puse a estudiar periodismo, así que como que no me puse a estudiar algo que tenga que ver con la literatura, aunque el periodismo este relacionado a la literatura. No lo estudiaba en ese sentido sino más bien para empezar a trabajar. Lo que pasó, en realidad, fue algo de las casualidades: mi amiga de ese momento, es hermana de Gabriela Cerruti (ahora legisladora, al frente del bloque parlamentario de Nuevo Encuentro) en ese momento trabajaba para el diario Página 12 y en ese tiempo estaban buscando una novela escrita por una persona joven. Ya habían lanzado una colección para jóvenes pero no tenían textos de ficción. Tenían un libro sobre los años sesenta, un libro de Enrique Symns. Entonces leyó mi novela primero, y creo que no le gustó, le pareció muy heavy o algo así, pero entendía que era una novela. Lo llevó a la editorial y decidieron publicarlo”.(1)

Enriquez, fiel a sus palabras, inició el camino de las letras más como una forma de poder sacar a los personajes de su cabeza y perderles el respeto a las venerables figuras del momento, que ni siquiera conocía ni había leído. Sumergirse en estas aguas sin mirar la distancia que llevaba de la orilla, sin temor a que sus gritos quedasen ahogados en el silencio, se paró en el podio de la narrativa con una historia que ultimó los pruritos estéticos de la academia (o la acamierda, como diría Fogwill). Mujer temible, ajena a los mercenarios de la tinta, escribe como se le antoja y no le gusta hacerlo frente a nadie ni que lean sus trabajos en pleno proceso de escritura. Escribe para ella y se horroriza al leerse. Además de Bajar es lo peor, escribió Cómo desaparecer completamente, Mitología celta, Los peligros de fumar en la cama, Chicos que vuelven, y su último trabajo: Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios. Un trabajo donde se embarcó a visitar cementerios solo por gusto, pero sin tener en mente que eso se convertiría en un libro. Solamente fue tomando nota en un cuaderno que llevaba consigo y allí pudo apreciar, por ejemplo, la relación que México tiene con la muerte y las ofrendas que le hacen, dejando atrás el ocultamiento y el miedo, para tomarla como parte de la vida a través de una relación familiar, casi rindiéndole una fiesta. En Argentina, en cambio, la muerte esta escondida en lo más profundo de las personas, oponiéndose a su existencia, haciendo todo para alejarla y dejarla sin nombre.
  
Compatible con los géneros populares, Enriquez admite sus obsesiones con el vampirismo, el sexo entre hombres, la belleza baudeleriana, la belleza “injuriada” de Rimbaud, la literatura fantástica, la de horror, los demonios y Keanu Reeves, entre otros temas. Su fuente de diversidad es una marca patente, al poder realizar la estructura de algunos personajes a través de inspiraciones en la música, como por ejemplo: Ian Astbury (vocalista de The Cult); Nick Cave, quien se caracteriza por un lirismo oscuro, por un interés hacia lo violento y lo erótico; Charlie Sexton, artista americano, próximo al rock and roll de los 50 y al blues y quien formó parte de los músicos de Bob Dylan.

Mariana Enriquez no asiste a lecturas en vivo, excepto que se lo pida un amigo. Con un acento bien marcado, no se permite ser loable con el camino que fue tomando lo masivo, en comparación a su juventud y los libros que podía leer, que formaban y siguen formando parte del acceso de una mayoría. Enfundada en una prosa de experiencias de jóvenes sórdidos, adscriptos a la droga, la nocturnidad y el sexo sucio, quizás se podría decir que mantiene en alto una bandera que pocos se animarían a sostener hoy en día en la literatura. La actualidad tiene a su Shirley Jackson.

“Fue en el baño, justamente, donde todo empezó de verdad. Marcela estaba mirándose fijamente al espejo, en la única parte donde realmente podía hacerlo, porque el resto estaba descascarado, sucio, o tenía declaraciones de amor imbéciles, o insultos de alguna pelea entre dos chicas rabiosas escritas con fibra o lápiz labial. Yo estaba con mi amiga Agustina: tratábamos de resolver una discusión que habíamos tenido más temprano. Parecía una discusión importante. Hasta que Marcela sacó de algún lado (el bolsillo, probablemente), una Gillette. Con rapidez exacta se cortó un prolijo tajo en la mejilla. La sangre tardó en brotar, pero cuando lo hizo fue casi a chorros, y le empapó el cuello y la camisa abotonada, como de monja, o de prolijo varón”.(2)

Notas:
1. Extracto de una entrevista realizada por el autor en mayo de 2014.
2. Cuento inédito: "Fin de curso". Revista Lamujerdemivida Nº 58.

martes, abril 29

Un rompecabezas llamado Julio Cortázar


Cuando Julio Cortázar visitó a Abelardo Castillo en Buenos Aires, este y su novia estaban escuchando la radio y sonaba un pieza interpretada por Charlie Parker. El también narrador y, por esa época, director de la revista El escarabajo de oro cuenta que Julio no se asombró “porque en su literatura se nota que esos pequeños milagros le parecían naturales”.  De esta vertiente de las excepciones que conviven entre los pliegues de la realidad nace la obra narrativa del gran argentino.

Pieza 1.- El nacimiento del maestro

“El que yo naciera en Bruselas fue consecuencia del turismo y de la diplomacia. Mi padre formaba parte del personal de una misión comercial agregada a la legación en Bélgica y, como acababa de casarse, se llevó a mi madre con él a Bruselas. Fue mi destino nacer durante la ocupación alemana de Bruselas al iniciarse la I Guerra Mundial”, con esta cita se justifica el tan nombrado nacimiento “accidental” que se menciona en las biografías de Cortázar. En 1914 empieza la historia de este escritor que, en sus primeros años, luego de realizar sus estudios en la una escuela normalista, se dedicó a la enseñanza. En la escuela rural San Carlos y en Chivilcoy fue profesor hasta 1944, experiencia de la que confesó:
En un pasado nebuloso, recuerdo que fui profesor de geografía, historia, lógica y , después de esta etapa decorativa, de literatura francesa. No crea que soy un erudito. En la Argentina, no hace falta saber mucho para enseñar a la gente cantidad de cosas inútiles.
Hay algunas conferencias y textos en las que el Cortázar profesor expuso sus ideas: “Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una  civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo”, demostrando que ejerció con dedicación y conciencia su papel, al mismo tiempo que leía todo lo que llegaba a sus manos y se iba gestando como escritor. De este tiempo es su primer libro de poemas titulado Presencia y que publicó con el seudónimo de Julio Denis.

En 1946, alejado ya de su etapa de educador, trabaja en la Cámara Argentina del Libro, año en el que tiene su primer contacto con Borges porque publica el cuento “Casa tomada” en la revista Los Anales de Buenos Aires, dirigida por el autor de Ficciones.


Pieza 2.- Libros embodegados

Entre 1951 y 1962, Córtazar publicó sus cuentos más famosos —“Continuidad en los parques”, “El perseguidor”, “Bestiario”, “Final de juego”, “Las armas secretas—  y ese libro inclasificable que es Historias de cronopios y famas. También la novela Los premios, considerada por algunos como “la novela más intelectual y aristocratizante, más esteticista”. Sin embargo, la suerte de los libros cortazarianos, algunos publicados por la editorial Sudamericana, es desafortunada porque permanecen mucho tiempo embodegados en las editoriales y las librerías.

A pesar de ello Bestiario (1951) ya contiene todo el potencial narrativo y la originalidad estilística del autor. Lo extraño y lo maravilloso se produce de manera natural dentro de los acontecimientos cotidianos confirmando que este procedimiento es de progenie kafkiana. Pese a contener cuentos tan extraordinarios como “Carta de una señorita en París” y “Circe”, el libro pasó inadvertido. Por lo tanto, antes de instalarse en Francia, Cortázar era un autor poco leído.

Respecto de su trabajo solitario y constante ha contado:
Encontré trabajo en Buenos Aires y allí continué escribiendo historias…. Me observaba a mí mismo, estudiando mi propio desarrollo sin querer jamás forzar las cosas. Sabía que llegaría un momento en que lo que yo escribiera valdría un poco más de lo que escribían otro de mi edad en Argentina.

Pieza 3.- Paris, je t'aime

Para Julio el mundo de apertura cultural y concentración literaria se cifra en París, a donde llegó por medio de una beca. A pesar de que trabajaba como traductor de la Unesco para sobrevivir, cultivó el pensamiento existencialista que encontró leyendo a Sartre y a los franceses más polémicos y se dedicó de lleno a su obra propia. Estos son los años de los libros Final del juego (1956) y Las armas secretas (1959) donde incluye el cuento largo “El perseguidor”, veta que le permite continuar una narrativa no fantástica, reflexiva, que lo llevará a Rayuela (1963).

Es el tiempo de sus exitosas traducciones de la obra completa de Edgar Allan Poe. Tenía apenas 37 años cuando el maestro español Francisco Ayala, afincado en una universidad de Puerto Rico, lo contrató para tan delicado encargo. Luego vendría la traducción de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, y de otros autores como Gide y Bremond.

Es una coincidencia que el autor de cabecera del niño que, a los nueve años, experimentó fascinación y probó los terrores nocturnos con esa lectura, se haya convertido en su mayor referente para la escritura de cuentos y en su mejor tarea de traductor.  “Fue un trabajo enorme, duró mucho tiempo, pero fue un trabajo magnífico porque hay que ver todo lo que yo aprendí de inglés traduciendo a Poe”.


Pieza 4.- Crónica de una locura

Por testimonios directos de Cortázar conocemos que luego de su lentos y minuciosos recorridos por las calles de París recogía sus impresiones en papeles sueltos que coleccionó durante años hasta que concibió  lo que más tarde sería el  capítulo 41 de Rayuela, el del tablón, que le permite llegar a una idea de novela. Con las parejas Oliveira y la Maga, Traveler y Talita, ya tiene personajes y, con la voz de Morelli en el trasfondo —el famoso alter ego de Cortázar—, completa una unidad que se redondeará de manera definitiva cuando concibe el tablero de dirección que, puesto en la primera página de la obra, orienta al lector hacia el tipo de novela que quiere leer.

Durante la construcción de este libro —que para ese entonces se llamaba Mandala (título que Cortázar descartó al considerarlo “muy pedante”)—, confiesa en una carta a su amigo Jean Barnabé que estaba escribiendo “un relato muy largo que en definitiva será la crónica de una locura”.

Los aportes de Rayuela a la literatura latinoamericana son múltiples: la destrucción de la novela tradicional reemplazada por la contranovela, la exigencia de un lector cómplice, la reflexión de la novela dentro de la novela (las morellianas) y la confirmación de que una obra narrativa es una auténtica enciclopedia (contiene nociones sobre box, jazz, filosofía zen, religión, tango, etc.).

Vale la pena recoger una anécdota en la que Rayuela confirma su puesto dentro de la vida concreta de gente fundamentalmente joven. Cortázar cuenta que recibió una carta de una lectora norteamericana de 19 años en la que le dijo:
Dear Mr. Cortázar, le escribo para decirle que su libro Hopscotch me ha salvado la vida…leí el libro, lo seguí leyendo, lo leí toda la noche y cuando terminé, tiré las pastillas porque me di cuenta de que mis problemas no eran solamente los míos sino de los de mucha gente.
Esta lectora se convirtió en una amiga con la que el autor se carteó durante años.


Pieza 5.- El libro sólo tiene un lector: Aurora

Las celebraciones por el centenario de Cortázar deben ser justas con una mujer: se trata de la argentina Aurora Bernárdez, primera esposa del escritor y actual albacea y dueña de los derechos de autor. De su infatigable labor han surgido los libros post mortem del escritor: Papeles inesperados (2009), Clases de literatura (2013)  y Cortázar de la A la Z (2014). Con ella llegó a París, allí se casaron y se ligaron a una convivencia afín en el amor y la literatura que duró 14 años. Traductora, como él, colaboraron juntos en muchos trabajos hasta que la faceta pro Cuba del escritor los distanció en una divergencia de criterios políticos que se impuso sobre la relación.

Cuando Cortázar quedó viudo de Carol Dunlop en 1962, fue Aurora quien lo atendió en la leucemia que lo llevó a la muerte en 1984 y quien quedó a la cabeza de su nombre y legado.

Por eso es de entenderse que en carta a Francisco Porrúa, editor de editorial Sudamericana, Julio dijera comentando la terminación de Rayuela: “El libro sólo tiene un lector: Aurora…su opinión…puedo quizá resumírtela si te digo que se echó a llorar cuando llegó al final”.


miércoles, septiembre 11

El día que murió David



Step into the skin and disappear.
Hello.


–¿Sí sabías, mamita, que no se pueden poner juntos en el mismo salón a Papá Noel y los duendes, no?

Escuché esa pregunta el 14 de septiembre de 2008 en un bazar navideño, justo antes de leer la noticia. Y de volver a leerla una, y otra, y otra, y otra vez.

En un mail que se titula “Sobre Bertrand Russell”, hablo tangencialmente de mi difunto conejo Carlangas, nacido en 1998. En otros veintiséis mails, con títulos que van desde “QUE PUTO PEDO” hasta “Ramadan today”, también hablo tangencialmente de Carlangas. Hago juramentos en su nombre, describo sus desventuras cotidianas, lo elevo a categoría de acontecimiento histórico de las últimas décadas en una lista de diez entradas sin numeración ordinal y lo ubico antes de la caída del muro de Berlín y la liberación de Mandela. En el mail de Russell y Carlangas, confieso mi reciente obsesión (menos peluda que el conejo, pero serendípicamente vinculada a éste [aunque a veces la vinculación sea intencional, como ahora]): David Foster Wallace.

De acuerdo a mi memoria, un día mi abuelo me llevó una caja de chicles Adams a Salinas y al día siguiente, murió. No recuerdo qué pasó en mi vida o la de él en medio de esos dos sucesos. Igual con mi tía abuela: un día me regaló un oso de peluche negro antes de iniciar su quimioterapia en Boston y al día siguiente murió. El tiempo transcurrido entre esos dos eventos parece estar compuesto de un solo día. Un largo, larguísimo día. De niña vi un gráfico en una revista que mostraba dos espejos enfrentados y el túnel descendente que parecía seguir el reflejo de un espejo dentro de otro, dentro de otro, dentro de otro. El espejo principal irradiaba una especie de luminosa espiral blanca: un caracol formado de espejos. Esa imagen me obsesionó. La obsesión es también una espiral especular de ideas.
·                     ·   ¿Cómo se sabía que la estructura del reflejo era espiral?
·         ¿Qué tipo de experimento se había hecho para demostrarlo?
·         ¿Qué debía estudiar una persona para diseñar esos experimentos?
·         ¿Cuántas vueltas daba la espiral?
·         ¿En dónde, fuera del rango visual, se seguían proyectando los espejos? ¿En dónde existía esa espiral?
              ·         ¿Cuántos espejos había en el caracol?
          ·         ¿En qué momento se detenía esa proyección?
     ·         ¿Si movías los espejos, la espiral se detenía simultáneamente al reacomodamiento?
  ·         ¿Si, cuando al moverlos, se proyectaba entre ellos una nueva imagen, ésta reemplazaba a la anterior total e instantáneamente o espejo tras espejo, sucesivamente?
     ·         ¿Por qué existe el universo?

Carlangas fue mi tabla de salvación durante una de mis depresiones más profundas. (Una tabla blanca con orejas rosadas y nariz incansable.) Una noche me acosté en el piso a mirar el  techo y por un segundo, supe que no quería volver a mirar nada más, nunca más. Entonces apareció Carlangas en mi rango visual. Su nariz me arrebató de la espiral descendiente para pedirme una zanahoria. Me levanté a buscársela. Me quedé viéndolo comer: me encantaba el ruido que hacía al masticar. Ese ruido me salvó.

Pero el encuentro de Carlangas con las letras fue fatal. Murió en mis manos el 5 de octubre de 2000, a la mañana siguiente de una sesión de fotos que hicimos en mi casa los escritores antologados en el Libro de Posta II: Nuevos Cuentistas de Guayaquil, editado por Miguel Donoso Pareja. Según una de las autoras, la noche anterior ella lo había ojeado sin querer (a Carlangas, no a Miguel). Luego del lanzamiento del libro, dejé de escribir. No podía hacerlo. No tenía nada que contar. Se lo comenté a Miguel y le hice una pregunta no retórica: “¿qué pasa si ya no puedo volver a escribir nunca más?” Me contestó: “no escribes más, pues”. No supe qué hacer con esa respuesta. Yo solo sabía escribir. Jamás había deseado o imaginado hacer otra cosa en mi vida. Me resigné a ser Una Persona Que No Escribe. 

Transcurrió un día que duró tres años.

El 24 de enero de 2004, vi a un hombre caer. Se trataba de un trabajador que estaba desmontando el Árbol Navideño de Miguel Orellana. En uno de los aros de la estructura, sobresalía una figura indefinible. Alguien gritó “¡Ahí! ¡Ahí! ¡Se cae ese señor!”, y la figura cayó como un talego, como un tronco, sin movimientos bruscos. Cayó como una cosa. En silencio. Sobrevivió: se agarró de una soga antes de llegar al piso. Tres años después, el 20 de enero de 2007, recibí la noticia de que el hermano de un amigo se había caído de un edificio. Murió. La espiral se desplegó y replegó de nuevo. Pocos meses después, descubrí a David Foster Wallace a través de un blog en donde mencionaban su cuento “En lo alto para siempre”. En el cuento, un chico que cumple 13 años decide lanzarse a la piscina de un club desde una tabla blanca. Describe la subida, la caída, el absurdo proceso de esperar la muerte mientras vives. Yo no sabía que se podía escribir así, como en ese cuento. Como David Foster Wallace. Para darle sentido a una vida que no lo encontraba. Para crear un vacío y esconderte en él.

Compré todos sus libros.

Tenía que volver a escribir. 

En octubre de ese mismo año, viajé a Madrid para hacer una maestría en Creación Literaria. Mi tesis se trataba de la relación entre el infinito y la conciencia. Ambos conceptos se enfrentaban como espejos, y en medio de ellos, el campo teórico, un campo minado por fractales, teseractos, triángulos de Penrose, universos paralelos, supercuerdas, la singularidad tecnológica… y David Foster Wallace. Empecé perder conexión con la realidad. No ayudaba el hecho de no dormir y de estar tomando una nueva medicina para la alergia cuyo consumo se asoció luego a la ideación suicida. (Ahora que lo pienso, quizá mis caminatas nocturnas al KFC en pleno invierno a las 11 de la noche eran parte de esa ideación.) Pero en el nadir de mi depresión sí hubo un suicidio: el de David Foster Wallace. Mi tabla de salvación se convirtió en un agujero negro.

Debía salir del agua y saltar al vacío.

Empecé a estudiar budismo y a practicar meditación. Y entendí que para mí, la salvación –a diferencia del axioma semiótico y del mito repetido ad infinitum por algunos escritores– estaba fuera del texto. (Aunque la mirada no dualista del budismo diría que fuera y dentro son la misma cosa –como en un aro de Möbius–).

La noticia decía: 
David Foster Wallace dead at 46 - The New York Times