lunes, enero 15

Recordando a Harry Potter veinte años después

POR LISSETTE MONTILLA

Cuando pienso en Harry Potter no puedo evitar recordar mi infancia, recordando así los días en que tenía tiempo para pasar toda una tarde leyendo y perdiéndome entre las páginas de los libros. Cuando compré La piedra filosofal descubrí junto con Harry no solo el mundo de la magia, sino también el de las letras.

Con rapidez y una enorme curiosidad fui conociendo poco a poco la vida del joven Harry Potter. Como por azares del destino queda huérfano y a merced de sus despiadados tíos, y en su cumpleaños número 11 le dicen que es nada menos que un mago.

El libro desde el principio busca la simpatía del lector ante las injusticias con las que tiene que vivir el protagonista. Sorprendentemente, a pesar del claro maltrato infantil al que está sometido (como dormir debajo de las escaleras) no vemos a un niño amargado o rebelde, sino todo lo contrario, alguien siempre dispuesto a ayudar a los demás, amable, caballeroso y con un enorme sentido de hacer siempre lo correcto.

A partir de su inclusión al mundo mágico, se va desarrollando una serie de peripecias para demostrar que él es digno de un lugar en el mundo de sus padres. Con la ayuda de quienes se convierten en sus inseparables amigos, Ron y Hermione, vemos junto a Harry valores como la amistad y el amor, como fuerzas que lo vencen todo, incluso al mago más poderoso del último siglo.

Este niño flacucho, desnutrido, con los lentes rotos, se va convirtiendo en un amigo más de nuestra infancia. Quienes crecimos con “el niño que vivió”, nos hemos visto identificados con los personajes, llegando así a sentir lo que ellos sienten, reír con los momentos graciosos, llorar con los más tristes, angustiarnos en los momentos de peligro, y sentir el alivio cuando todo ha pasado.

Con cada página, sumergirse en este mundo tan maravilloso hace posible desconectarse de la realidad. Como cuando Gryffindor gana la copa de las casas y recuerdo aplaudir y gritar como si estuviera ahí. O como cuando al llegar al final de cada libro y se revelan todas las cosas, decir: “¡Pero cómo no lo vi antes, es tan claro!”, y darte cuenta de que Hermione ya lo sospechaba. O entristecerse con cada cosa mala que pasaba, como la muerte de Sirius o la de Dumbledore (recuerdo que lloré tanto que mi mamá al verme se preocupó por que creía que me sentía mal o algo). Sin duda Harry Potter ha sido un referente muy importante en la vida de muchos, ha sido quien nos ha iniciado en la lectura. Y cómo olvidar las lecciones invaluables que nos ha dado a través de personajes como Dumbledore con su célebre frase en el primer libro durante la conversación con Harry en la enfermería: “Después de todo, para una mente bien organizada, la muerte no es más que la siguiente gran aventura”, o el discurso que dio después de la muerte de Cedric en el cuarto libro que dice: “Recordad a Cedric. Recordadlo si en algún momento de vuestra vida tenéis que optar entre lo que está bien y lo que es cómodo, recordad lo que le ocurrió a un muchacho que era bueno, amable y valiente, sólo porque se cruzó en el camino de Lord Voldemort”. Palabras como esas son las que nos acompañarán por el resto de nuestras vidas.

miércoles, enero 3

Mis días con Harry Potter

POR MARCELA RIBADENEIRA

Cuando Harry Potter y la piedra filosofal llegó a mis manos, yo tenía quince años, el pelo rojo y por las paredes de mi cuarto trepaba una docena de pósteres de Kurt Cobain. Nunca había oído ese nombre escrito con letras gigantes en la portada del libro —que me pareció infantil, naíf— y lo primero que pensé fue que sonaba meloso: HA-RRY PO-TTER. Meloso, pero con un atractivo escondido entre sus cuatro sílabas, entre su métrica sencilla y la referencia a un compuesto alquímico que en mi niñez me había fascinado por su capacidad de convertir materiales inútiles en metal precioso. Lo que me atraía de esa idea no era el resultado final: obtener oro a partir de mis anillos de lata, por ejemplo. Me atraía la posibilidad de que algo pudiera transformarse en otra cosa. Me atraía más la posibilidad de que existiese una sustancia que pudiera dar a alguien la inmortalidad (hasta hoy fantaseo con vivir para siempre), una sustancia que pudiera romper las leyes del universo, que pudiera rasgar de un tajo la realidad. Mi realidad. 

Mi realidad era estudiar en un colegio que odiaba. Para ser más justos, lo que odiaba era tener que ir al colegio, sin importar qué colegio fuera. Mi realidad era tener unos papás que en ese tiempo yo percibía como desinteresados de mí y de mis obligaciones escolares. Era estar atrapada en un cuerpo adolescente que me daba asco y en una mente traicionera, en una mente que podía dilatarse hasta tragarme con sus miedos de colmillos afilados y gargantas tan hondas que levantarme cada mañana, ponerme el uniforme, sentarme en mi pupitre y hablar con mis compañeros era, para mí, una cosa más pesada y terrible que la encomendada a Sísifo por los dioses griegos. Me sentía una paria, un alien, un glitch genético. Me sentía como se sentían, en el fondo, muchos de mis pares.

Abrí Harry Potter y la piedra filosofal, más que por interés en su contenido, porque había sido un regalo raro. Desde hace varios años mi papá no me regalaba un libro. Cuando era niña, él acostumbraba llevarnos a mí y a mis hermanos a la librería Venetto, que estaba en alguna callecita de Quito que ya no recuerdo, y nos compraba libros como El caballito jorobadito, Cómo era de pequeño tu papá, Cuentos populares rusos, Física recreativa y la infaltable revista Misha —él había estudiado en la Unión Soviética y nos atiborraba de esa maravillosa literatura infantil rusa; mientras, él y mamá se servían volúmenes de las revistas La ciencia en la URSS y Sputnik, y libros “para adultos” que apilaban en sus veladores antes de depositarlos en las estanterías de la casa. Ahora pienso que, aunque probablemente ni él ni yo lo supiéramos, el libro fue un regalo de despedida. Poco tiempo después, mis papás se divorciaron, él se mudó y yo me volqué a las páginas de La piedra filosofal.

Creo que está en la naturaleza humana desear, al mismo tiempo, ser normal y ser extraordinario. Queremos lo uno tanto como lo otro. Harry Potter vivía con sus tíos, los Dursley, y su primo Dudley (de nuevo, esa métrica sugerente empacada en dos palabras y cuatro sílabas). Era una familia asquerosamente normal de la cual Harry era una adición por circunstancias indeseables. Harry no era un niño corriente. Era un mago, un ser asquerosamente extraordinario. Una aberración genética ante los ojos de sus tíos —muggles o humanos de sangre no mágica—, que le habían dicho que sus padres murieron en un accidente de tránsito. La realidad era que habían sido magos poderosos que se oponían a Lord Voldemort, un oscuro hechicero con agenda totalitarista e ideologías de pureza racial que evocaban las Leyes de Núremberg del Tercer Reich (el de la vida real). Y Lily, la madre de Harry, era hija de muggles. Voldemort había asesinado a los Potter a punta de varita mágica, dejando a su bebé huérfano. Al quedar al cuidado de sus crueles tíos, el niño creció extirpado del mundo mágico. Desconoció su existencia y sus propios poderes hasta que cumplió once años y fue convocado a Hogwarts, el colegio más prestigioso de Magia y Hechicería.

Bajo el nombre de J. K. Rowling, la autora de ese libro naíf había metido su pluma en algunas de mis heridas y deseos secretos más enconados, que eran cosas que yo no compartía ni con mi diario. Harry había descubierto que era alguien extraordinario y, una vez que se transfirió a Hogwarts, descubrió que era sorprendentemente normal. Al menos, dentro del mundo mágico, que estaba lleno del mismo egoísmo y crueldad y de la misma oscuridad que el mundo muggle. Pero como éste, también tenía sus cosas buenas. Esas cosas buenas que faltaban en mi mundo de no ficción. Por eso cerraba la puerta de mi cuarto, me sentaba sobre mi pequeño escritorio de madera de cedro y, secuela tras secuela, me largaba a Hogwarts, donde el currículo escolar incluía materias como Cuidado de Criaturas Mágicas y Defensa Contra las Artes Oscuras, y donde había artefactos como la capa de invisibilidad que Harry recibió como regalo de un benefactor anónimo. O me transportaba a Hogsmeade, un pueblo cercano a Hogwarts donde se podía tomar cerveza de mantequilla en la taberna Las Tres Escobas. O a la modesta pero acogedora casa de los Weasley, la familia del mejor amigo de Harry, quienes lo acogieron como a su propio hijo, sometiéndolo a la misma rutina estructurada y al mismo afecto que a sus numerosos vástagos. 

Secuela tras secuela, la historia de Potter y sus compinches, Ron Weasley y Hermione Granger, muta en algo más universal. J. K. Rowling escribe sobre la orfandad y el deseo de pertenencia, sobre la desdicha de la soledad y la alegría de sentirse entre pares. Escribe sobre el paso de la infancia a la adolescencia y de la adolescencia a la adultez. Sobre la caída a la oscuridad y sobre el escape hacia la luz; sobre el equilibrio entre ambos extremos del espectro. Rowling también escribe sobre el establecimiento de regímenes y sobre su caída. Sobre la burocracia que embarra a los gobiernos mejor intencionados. Sobre el peligro de los mandos medios y de las masas que solo siguen órdenes. 

Como descubriría muchos años después de subirme a mi escritorio de cedro y cerrarle la puerta al mundo, la adultez está plagada de miedos más feroces que los de la niñez. De más orfandad que aquella del sentirse extraterrestre en el patio del recreo. Aprendería que, como sucede al final del último libro de la saga original, Las Reliquias de la Muerte, nunca se sale de la orfandad y del desamparo, solo se llega a aceptarlos. Y así, la vida continúa, exactamente como continuó la de Harry Potter, quien pasó de ser el mago que derrotó al dictador oscuro a ser un empleado más del Ministerio de Magia. Un ciudadano común de un mundo extraordinario, quien se casó y tuvo hijos que luego se enfrentaron a los mismos terrores que él.

Lia Wyler, autora de Harry Potter


El día que se habló de Harry Potter en mi clase de traducción literaria, no entendí casi nada del debate: parecía una pelea, uno opinando mientras hablaba el otro, negaciones, desacuerdos, y un montón de palabras que no me sonaban a nada: Lufa-lufa, Sonserina, Corvinal, quadribol.

Hasta ese momento, todos habíamos escuchado en silencio los proyectos de los otros: traducciones comentadas de autoras cariocas del siglo XIX, críticas a las traducciones brasileñas de las novelas negras de Suecia, de los cuentos de Chuck Palahniuk, de La flor púrpura de Chimamanda Adichie, de la traducción al español de Guimaraes Rosa.

Todo acabó cuando uno de mis colegas presentó su proyecto de maestría: Harry Potter y la traducción de sus neologismos en Brasil. Fue la primera vez que escuché el nombre de Lia Wyler, mientras unos y otros en la clase la criticaban o la defendían. Casi a gritos. Sin escucharse. No se me había ocurrido que en Brasil una traductora podía levantar tantas pasiones como un equipo de fútbol. Pero la pasión era sólo con ella, con Lia Wyler, la traductora que mis colegas de clase habían crecido leyendo. Y criticando.

Un año después leí, en la clase de Historia de la Traducción, su libro Línguas, poetas e bacharéis. Ahí supe que Lia Wyler no era sólo la traductora más famosa/odiada/amada de Brasil: era la primera académica que había escrito un libro sobre la historia de la traducción en su país. Un libro de consulta en todas las facultades de traducción de Brasil.

Aquel día en la clase de traducción literaria, la discusión se dividía entre quienes encontraban genial el trabajo de Wyler —inventó para el portugués 989 palabras nuevas, correspondientes a las que J. K. Rowling creó en inglés— y aquellos que la acusaban de no haberlo hecho bien a lo largo de los siete libros de la serie publicados por la editorial Rocco. O que la criticaban por no respetar los términos originales, como hicieron los traductores a otras lenguas.

Ese día, después de clases, una colega me explicó que Crookshanks (piernas dobladas, en traducción libre) se llamaba Bichento (un término usado en la región nordeste de Brasil para referirse a alguien con las piernas torcidas). Y que el famosos Quidditch se llamaba Quadribol. Que a los muggles, Lia Wyler los llamó trouxas (algo así como tontos) y que Slytherin se llamaba Sonserina (una mezcla de sonsa y ferina, falso e hiriente), Gryffindor era Grifinória, Lufa-lufa (que en el diccionario se traduce como agitación) era Hufflepuff y Corvinal era Ravenclaw, ambos términos jugando con la palabra cuervo: corvo, raven.

Y que el Knight Bus un juego de palabras entre bus, caballero y noche se convirtió en el Nôitibus Andante Busnocturno Andante, en traducción libre y que la poción para hacer crecer los huesos, Skele Gro (juntando skeleton [esqueleto] y growth [crecimiento]) se llamó Esquelesce (mezcla de esqueleto y cresce [crece en portugués]). Que Ron se llamaba Rony, que Ginny se llamaba Gina, que James Potter era Tiago Potter, que Bob Odgen se llamó Beto Odgen, que Tom Marvolo Riddle pasó a ser Tom Servolo Riddle para poder completar el acertijo del final del libro, que el Billywig era Gira-Gira, que Bill se llamaba Gui, que el Head-boy era el Monitor-chefe y que a la snicht se la llama pomo en los libros de la editorial Rocco.

También supe que ya se habían escrito varias tesis sobre la decisión de Wyler de no darle un acento rústico, del interior, al personaje Hagrid. Luego leí una entrevista suya con Folha de Sao Paulo en la cual defendía su decisión de no escoger un acento especial. “¿Qué acento debía usar? ¿Del habitante de las favelas cariocas? ¿Del campesino paulista o minero? ¿Acento nordestino? ¿Acento marginal? Eso desvirtuaría al personaje, que en vez de ser un 'rústico' inglés, entraría en crisis existencial hablando un patois ajeno a su ambiente".

De la discusión de aquel día, me quedó la impresión de que una parte de la clase se sentía dueña del texto y, por eso, criticaba las decisiones de la traductora. También me sorprendió que algunas de las críticas venían de la comparación de la traducción de Wyler con los libros de Scholastic, la editora estadounidense. Era pasar por alto que los libros de Scholastic son adaptados de los originales británicos, publicados por Bloomsbury Publishing, para adaptarse mejor al mercado. Hasta el título del primer libro, Harry Potter and the Philosopher’s Stone, fue cambiado a Harry Potter and the Sorcerer’s Stone, lo que causó que los británicos gastaran la broma de que el título había sido cambiado porque en EE.UU. no hay filósofos.

La discusión que presencié entre mis colegas me dio la impresión de que desconocían las adaptaciones que se hacen en los grandes mercados y que, incluso, son la regla en la literatura en portugués: en Brasil adaptan los libros de la mayoría de autores portugueses y en Portugal hacen lo mismo con los libros de autores brasileños. Me di cuenta luego de que no era así. A mis colegas no les faltaba información: hablaban desde la pasión de la infancia y dejaban que esta nublase su lógica de académico.

Al final de aquella hora, el profesor nos dijo, medio en serio y medio en broma, que el traductor hacía sus elecciones según lo que le daba la gana. Y llamó la atención a la clase sobre el hecho de que una traducción es también una traducción de culturas, en la que ambas partes involucradas impone límites a la otra; es decir, el traductor debe optar. Escoger. Tomar una decisión y ser consecuente con ella.

Anna Buarque, contratada por la editorial Rocco para contestar las cartas de los fans de los libros, contó en una entrevista con Fausto Magazine que los niños y jóvenes lectores se sentían tan autores como J. K. Rowling y tan buenos o mejores traductores que Lia Wyler. “Eran emails y cartas indignados cuando un personaje moría, cuando no les gustaba la traducción de este o de aquel término. Por lo que podíamos ver por los emails que llegaban, gran parte de los lectores leía el original y la traducción”.

Lia Wyler tenía cuarenta años en 1974, cuando entró a la universidad para obtener su título en Letras, cinco años después de haber comenzado a trabajar en la traducción editorial. Luego hizo su maestría en Comunicación, defendiendo la tesis La traducción en Brasil, en la cual habla de la condición de “invisibilidad” del traductor. Una ironía para quien se convirtió en la traductora más famosa de su país.

El inglés lo aprendió en el colegio, donde además de portugués, había clases de latín, francés, español e inglés. Desde los doce años tuvo amigos ingleses. Había salido del colegio, se había casado con un hombre en cuya familia sólo se hablaba inglés, fue madre, trabajó para embajadas y empresas estadounidenses y vivió en Europa antes de inaugurar su segunda vida, la de traductora profesional.

Antes de J. K. Rowling, había traducido a Henry Miller, Joyce Carol Oates, Margaret Atwood, Gore Vidal, Tom Wolfe, Sylvia Plath y Stephen King. Y fue presidenta del Sindicato Nacional de los Traductores, de 1991 a 1993. Cuando la editorial Rocco compró los derechos de traducción para los dos primeros libros de la saga, Lia Wyler acababa de recibir un premio por la traducción de The It-doesn't-matter Suit de Sylvia Plath, publicada por la Rocco. “Eso y mi conocimiento de la cultura británica hicieron que yo fuese una elección natural”, declaró ella a la revista Veja.

De las sesenta y siete traducciones oficiales de Harry Potter (incluyendo las versiones para los Estados Unidos y para los mercados portugués y brasileño, y tanto en griego antiguo y moderno) sólo la traductora brasileña reinventó los términos para su lenguaje. Si en español encontramos la mayoría de los nombres y las palabras inventadas en inglés, casi sin cambios, en la traducción de Brasil la ambición de la traductora acercó el mundo de Harry Potter al lenguaje local.

Las polémicas fueron muchas durante los diez años en que Wyler tradujo Harry Potter: además de los siete libros, también tradujo Los cuentos de Beedle el Bardo, Animales fantásticos y dónde encontrarlos y Quidditch a través de los tiempos. Pero ella contó con la autorización —y los elogios públicos— de J. K. Rowling, por los riesgos que tomaba en su trabajo. Pero cada vez que salía un nuevo libro, los lectores volvían a escribir a Rocco para protestar por los nombres de las escuelas o los personajes.

A esto, Wyler respondió en una entrevista con la página web Omelete lo siguiente: “Tengo la impresión de que las personas que insisten con ese tema no se dan cuenta de que Harry Potter y la piedra filosofal fue escrito para niños de siete a doce años, que no saben el suficiente inglés como para entender el humor que los nombres contienen. La influencia del inglés en nuestro día a día no es suficiente para que todos los lectores perciban el significado de los nombres. Por otro lado, las decisiones tomadas en el primer volumen de una serie son obligatoriamente mantenidas hasta el último volumen. Las personas que aún hoy critican, ciertamente no leyeron con atención las explicaciones que vienen siendo dadas desde el año 2000”.

La historia del “niño que vivió” cumple veinte años


En 1997 comenzó todo un fenómeno cultural y literario: Harry Potter, de J. K. Rowling, emergió como un éxito entre los jóvenes lectores, y sus películas acrecentaron ese ritmo de masificación. Según The Independent, para marzo de 1999, Harry Potter y la piedra filosofal había superado las trescientas mil copias vendidas. En una de sus primeras entrevistas, el año de su debut, la autora (mencionada como Joanne) dijo que “fue el mejor momento de todos” al ver que el suyo era un “libro real” y estaba en una “librería real”. Es difícil hablar de veinte años de un comienzo sin considerar su proceso. Porque, por una parte, está el libro mencionado y, por otra, toda la saga del “niño que vivió”, quien, ante todos los pronósticos y siendo un bebé, pudo derrotar a un ser innombrable y oscuro, que podría ser un retrato de muchos líderes autoritarios a lo largo de la historia.

También se habla de un universo diferente, otra cosmovisión, otro lenguaje. La vida de un muggle (en la ficción de Rowling, una persona incapaz de hacer magia) no es de interés en lo absoluto en esta saga. Solo importa lo que sucede en la vida de su protagonista y en los asuntos políticos y sociales en el lado mágico de su nación, ese lado clandestino que el mundo muggle ignora. Es, también, una saga política: un chico frente a una organización cuyo líder apela a la superioridad racial de la sangre pura y la imposición de su poder. Esto va más allá de un “sacrificio de amor” de una madre para salvar a su hijo de las manos de un asesino que ridículamente teme a la muerte, o de la vida de unos chicos en una escuela de magia.

Este fenómeno mundial ha llegado a más que niños y jóvenes: no solo ellos lo conocen, sino también los adultos. El cine, por ejemplo, como ya se dijo, solo multiplicó la fama de Harry Potter y también de los actores quienes interpretan esta adaptación (ha superado los 8500 millones de dólares, superando a las sagas de Star Wars). Harry Potter ya está en el imaginario de todos.

¿Se puede cuestionar, por otra parte, que Harry Potter deba ser leído? Es una opción y no mala. Tampoco vamos a esperar leer a C. S. Lewis, Roald Dahl, Lewis Carroll o Michael Ende, pero el universo de la literatura juvenil no debe ser menospreciado, porque sí hay buenos elementos (así como malos, como en todos los géneros literarios). Su estilo es directo, irónico y procura ser escueto. Si bien hay múltiples elementos heredados de J. R. R. Tolkien o, mejor dicho, paralelismos, Harry Potter se ha posicionado como una obra original y emblemática de un mago en formación. Antes de Harry Potter, apenas uno recordaba a Merlín. Además, hay que reconocer que esta obra ha sobrevivido al tiempo y el universo que la contiene sigue en crecimiento entre sus seguidores.

martes, diciembre 5

Una familia animalizada

Caninos, de Mónica Ojeda. Editorial Turbina, 2017. 43 Páginas.
POR LISSETTE MONTILLA

El deterioro de los dientes, las encías pálidas y la pérdida de la dentadura son signos del paso de la vida (sobre todo cuando hay enfermedad y vicios) con los que Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) ha jugado en su pequeño libro Caninos. Este es un relato sobre una familia que se ve afectada por la enfermedad del padre (alcoholismo y, quizás, trastornos mentales) y buscan sobrellevar el asunto como mejor le parece a cada uno. La historia se cuenta mediante una interacción entre el presente y el pasado, lo que ayuda a profundizar un poco en la dinámica familiar.

En el cine, en la televisión y sobre todo en la literatura se ha humanizado siempre a objetos y animales. El gato Chesire, Mickey Mouse, la rosa del Principito, la esfinge de Edipo Rey, el hombre bicentenario de Asimov, son algunos ejemplos. En este libro, sin embargo, ocurre lo contrario: se muestra la animalización del ser humano. El único personaje que tiene un nombre propio es la mascota de la familia, el perro Godzilla. Al resto de los personajes se los identifica con los epítetos de Papi, Mami, Ñaña e Hija. Esta falta de nombres propios remarca su deshumanización, reflejando irónicamente una parte de la realidad actual. Nos olvidamos de nuestra humanidad y tenemos mayor consideración por un animal que por una persona. "Paseaban a Godzilla por el barrio y juntos le ladraban a otros perros con bozales, lazos o ropitas de niño de dos años", dice el narrador sobre Hija y su mascota.

Vemos a esta familia destruida por el alcoholismo de ambos padres. Las niñas prefieren que no estén sobrios, ya que según ellas "borrachos se reían, se carcajeaban y les permitían encerrarse en su habitación. Borrachos eran mejores padres". Como es lógico, esta situación afecta al desarrollo de las hermanas, haciendo que el personaje de Hija adopte el rol de madre de Ñaña, buscando protegerla de los arrebatos sentimentales de Padre, que la asusta. De los personajes que aparecen en el libro el que sirve de bálsamo de cordura al personaje de Hija es el de la Ñaña, a pesar de que no se da a conocer mucho de ella. Mientras del padre se muestra, a pesar de todo, una cierta relación con sus hijas (y de la mamá, una postura más fría), a Ñaña solo se la conoce como alguien que necesita una figura materna, haciéndola un poco débil emocionalmente.

Hay momentos en que el libro se torna difuso debido a la cantidad de flashbacks, se hace difícil definir un periodo de tiempo en el cual situar la historia. Entre momentos se cuenta cuando el padre ya ha muerto e Hija ya se ha ido de la casa, regresando sólo para visitas ocasionales. Luego se nos transporta a determinados momentos del pasado, como por ejemplo la pérdida de la dentadura del padre o de sus intentos por dejar de tomar y cómo estos le producían el síndrome de abstinencia. En esos flashbacks, vemos también la relación con Mamá, distante y fría, mostrando poca importancia por sus hijas, siendo para este personaje más importante sus vicios que sus hijas. Esto hace de Caninos un relato de un terror sutil y a la vez perturbador por su realismo.

miércoles, noviembre 22

Blanco familiar

Cuento finalista del Premio Cosecha Eñe 2017

Llegan a las nueve de la mañana y se van a las doce. 
Son siempre puntuales.
Cuando se abre la puerta, todavía hay olor a café en mi cocina. 
Enrique nunca los ha visto. Pero deja el sobre con los cien dólares sobre la mesa del comedor, una vez por semana. Entre los tazones y los platos aún con restos de pan con mantequilla. 
Cuando se van, mi casa brilla. El piso de madera, las baldosas del baño, todo reluce. Ya no hay ropa tirada, los basureros vacíos, incluso los libros sobre mi escritorio quedan ordenados y como a la espera. 
Se van y mi casa parece una sala de exhibición donde no vive nadie. Un departamento piloto de Esto es la vida en pareja.
Pero no lo es.
Aunque las cámaras crean que sí.

El doctor Frank ya ha escrito tres libros sobre nuestras vidas. La mía con Enrique y la de tantos más. Vivimos en el mismo edificio. Todos nos sumamos al proyecto cuando éramos aún demasiado jóvenes. 
(Pagan tan bien. Qué puede importar. No nos vamos a dar ni cuenta). 
Solo el doctor y sus asistentes tienen acceso a los videos. El resto son los libros donde nuestras vidas se cuentan con iniciales. Estamos protegidos. Aunque alguien se encargue de traernos las compras del supermercado e incluso haga sugerencias sobre cómo vestirnos.
Es un buen trato. No lo pienses tanto.
Enrique firmó en segundos mientras yo seguía mirando la hoja. 
¿Algún problema? —preguntó el doctor con esa voz como de comercial de remedios con mil contraindicaciones.
Enrique me apretó el brazo. 
Vamos, mi amor, no lo pienses tanto.
Recuerdo el corazón acelerado y esa transpiración fría en la frente. Recuerdo haberme sorprendido al escuchar ese miamor. Nunca me había llamado así. Nosotros nos burlábamos de esa gente. De los miamores, de los mividas, de los micielos.
Pero firmé.
La transferencia bancaria fue inmediata.
Nuestros padres no entendieron nada. Claro, para ellos hacía años que no estábamos juntos. 
Decidimos volver a intentarlo, creo que les dijimos. Como si nuestra relación fuera un truco de magia que había que aprenderse de memoria y practicar una y otra vez hasta que saliera bien.
No podíamos arriesgarnos a las sospechas.
Todavía conservábamos nuestros anillos de matrimonio.

Hay un rincón de la casa al que las cámaras no llegan. Una esquina, insignificante. Tan solo unos centímetros de muralla, de alfombra. A veces, cuando el aburrimiento es mucho, me paro justo ahí. La nariz casi topando la pared. El aire siempre frío. Miro hacia arriba y, por unos segundos, nadie puede verme. Sí, son solo unos segundos, antes de que un "vecino" espontáneamente toque a mi puerta, o una voz me informe, por los audífonos dentro de mis oídos, que no pueden verme, que circule.
Please, circulate. 
Eso dicen.

No nos dejan hablar de la comunidad. De este edificio lleno de cables y cámaras. Para invitar a amigos o familia a cenar, tenemos que pedirles primero que llenen papeles, que firmen un contrato de confidencialidad. 
Que no digan nada.

Había empezado como un desafío. Entre risas. Luego de unas cuantas cervezas en el bar de la universidad. Con Enrique ya estábamos prontos a graduarnos y el panorama laboral se veía siniestro. Todos nuestros compañeros del doctorado se estaban devolviendo, uno a uno, a sus países. Que somos un estorbo, que ninguna universidad va a querer esponsorearnos la visa. Costaba mantener el optimismo. Y ninguno de los dos quería volver. Tomábamos cerveza apoyados en la barra, brindando por todo lo que habíamos hecho mal. Por esa vez que lo había dejado solo en el cumpleaños de su mejor amigo, o esa otra en que él le había coqueteado más de la cuenta a una de mis estudiantes en la cena de fin de semestre. Por las mentiras. Por esa noche en que quisimos mezclar sexo y golpes y terminé con marcas en la piel que todavía no se borraban. Por todas las veces que nos pedimos perdón sin querer hacerlo. Por ese matrimonio absurdo, apurado, por los papeles. 
Caminamos por el campus rumbo a la parada de buses. Yo ya sabía que esa noche terminaríamos juntos otra vez. Los edificios de la universidad estaban a oscuras y Enrique aprovechaba de manosearme debajo de la falda o besarme el cuello mientras esperábamos el ascensor. 
Entonces vimos el afiche. 
Se necesitaban voluntarios. Pagaban extraordinariamente bien. Con housing y other expenses incluidas. Con posibilidad de que te hicieran los papeles.
Sí, nos reímos. Nos besamos un poco más. Enrique me apoyó contra el diario mural que casi se cae. Yo le mordí bien fuerte el labio inferior. 
Sacamos uno de los papelitos con los datos de contacto del científico a cargo. 
Ahí notamos cómo decía, bien clarito: married couples only.

Todas las semanas tenemos una sesión con el doctor Frank. Nos pregunta por nuestros estados de ánimo, se preocupa por mi anxiety, porque evito sus ojos, porque Enrique cada vez llega más tarde a casa. Nos pregunta la frecuencia con que hacemos el amor. Lovemaking, intimacy, being intimate. Lo pregunta aunque lo sabe. Tiene acceso a los videos. Sabe que hace meses que no nos tomamos ni la mano. Quiere saber porqué. ¿Es el stress? ¿estamos tal vez interesados en alguien más?
Con Enrique solo miramos al frente. Le decimos que es cosa de tiempo. Que ya va a pasar. 
Usamos esa palabra mágica que ya nos sabemos de memoria: dry spell

Por la noche le pido que por favor nos salgamos del contrato.
Que esto no es vida.

Al día siguiente, cuando abro los ojos, Enrique ya se ha ido. Sobre la mesa de la entrada están los cien dólares. 
Estiraditos, como recién planchados. 
Sé que tengo media hora para que lleguen.

Jamás vamos a ganar esta cantidad de otra manera. Desde un tiempo a esta parte Enrique lo piensa todo con calculadora. Y es cierto, con la crisis financiera allá afuera, lo más probable es que estaríamos haciendo reemplazos en colegios o atendiendo mesas en restoranes. No entiendes que nos ganamos la lotería aquí, me dice, y yo creo distinguir una chispa de locura en el fondo de sus ojos. 
No era nuestra primera vez con experimentos. Ya habíamos donado sangre y participado en algunos focus group, durante los primeros años de estudio. Habíamos pasado horas eternas contestando encuestas por una gift card para el supermercado y yo había estado a punto de donar óvulos por una cantidad ridícula. 

Los primeros meses se sintieron como una luna de miel. Nos calentaba saber que nos estaban mirando. Que algún estudiante de psicología tomaba apuntes mientras Enrique me vendaba los ojos con una bufanda, o me amarraba las manos con unas esposas compradas a la rápida en un sex shop
These latinos... so hot, nos decíamos falseando un acento que no teníamos.
Sou Jot.
En el primer libro del doctor Frank que leímos éramos el ejemplo de una vida sexual plena. J y M nos había bautizado. Dos estudiantes en sus early thirties que hacían el amor por lo menos cuatro veces por semana. Que se mandaban mensajes de texto subidos de tono durante el día. Él en palabras, yo en fotos. 
El equipo tenía acceso a nuestros teléfonos, nuestros correos electrónicos, nuestras redes sociales. 
Al final de ese año recibimos un bono. 
Yo me compré una nueva computadora. Enrique se fue de viaje a Chicago por unos días. 
Solo.
Al regresar, empezaron las náuseas. No puede ser, me repetía en silencio. Esto no está pasando. Con Enrique salíamos a cenar y yo pedía sushi, ceviche, embutidos. 
Era un mensaje para mi cuerpo. 
Decía: ni se te ocurra.
Pasaron las semanas y la sangre no llegaba. Intentaba distraerme leyendo para mi tesis, ordenando el closet, reorganizando la despensa.
Un día fui sola a una farmacia a comprar el test. Me lo hice en el baño de un Starbucks. 
Positivo.

Ya no recuerdo qué pensé. Si es que pensé algo. Habíamos acordado que yo sería la encargada de cuidarnos. La de las pastillas. La de la alarma en el teléfono.
Estuve dos semanas sin creérmelo. Dos semanas en que contesté que estaba todo bien en mis sesiones individuales con el doctor Frank. Dos semanas en que apenas hablé con Enrique o mis amigas. 
Pensaba que decirlo lo haría realidad. 

El equipo de limpieza ordena y organiza todo con una eficiencia dolorosa. Bota a la basura los yogures ya vencidos, la fruta muy machucada. Deja las botellas de vino en el contenedor de reciclaje, sin juzgar. Me dejan leer tranquila y solo me piden que pase de la pieza al living y viceversa para que así puedan avanzar. 
Yo, me dejo mover. 
Afuera de mi ventana cae la nieve.

Antes de contarle a Enrique, le pido que me rompa. Esas son las palabras que uso. 
Quiero que me rompas. 
Lo miro de pie frente a nuestra cama. 
Él está recostado, yo cambié de opinión a medio camino entre desvestirme y ponerme el pijama. Lo miro con la blusa en una mano. En calzones. Con los sostenes desabrochados. Lo digo tratando de sonar sexy pero mi voz es triste.
Enrique se levanta y me ayuda a ponerme el pijama. Deja mis sostenes sobre la cómoda, la blusa en el canasto de la ropa sucia. Me pregunta si quiero un té. En mi cabeza pienso: quiero que me rompas. Estoy embarazada y quiero que me rompas. Tengo mucho miedo y quiero que me rompas, pero solo atino a abrazarlo.
Cuando al fin le cuento, lo toma mejor de lo que esperaba. No sale corriendo a llamar a su familia pero tampoco me pide que no lo tengamos. Esto puede ser muy bueno, me dice, y le creo, aunque por un segundo pienso que lo está calculando en dólares.
El más feliz es el doctor. Somos la primera pareja en quedar embarazada. Va a ser interesantísimo observar nuestras dinámicas ahora. Los cambios. The changes, dice. Vas a estar en las mejores manos, comenta mirándome. 
Cuenta conmigo para lo que necesites. 
El doctor cumple su palabra. Cada semana llegan cajas y cajas de ropas, coches, mamaderas. 
Mi panza crece. Ya no me sale decirle "guata". Mi español de Chile cada vez más diluido. El inglés ya capaz de engañar a cualquiera. 
Look at that belly, comenta el doctor cada semana. Look at you!
Y yo me miro, sí. Todas las mañanas. Me quedo pegada al espejo. Me observo de frente, de perfil. Enrique apoya su cabeza sobre mi ombligo. Hace dibujos con un sharpie. Un oso, una nave espacial, las flores de la primavera en todos lados.
Hace cálculos también, por cierto. Abre una cuenta corriente. College Fund, me dice, con su sonrisa de números, de balances, de estadísticas.

Mi directora de tesis me mira con desaprobación cuando me ve tan inmensa. Durante todo el doctorado, cada vez que almorzábamos o me veía por los pasillos, me decía, sin anestesia: don't have children. Ahora la decepción es mucha. Ni siquiera intenta disimularla. Puedo leer en sus ojos mi futuro de pañales y noches sin sueños. De días sin leer, sin escribir.
Yo sigo aterrada pero esos no son mis miedos.
La tesis está terminada. Hablamos de otras cosas.

En la Comunidad nos entregan los papeles. Ya estamos cada vez más lejos del estatus de ALIENS. No podemos salir del país por un rato. Una suerte de arresto domiciliario. Algo en mí se contrae. El doctor Frank me dice que no me preocupe. Que el tiempo se pasará volando.

Enrique me ayuda a pintar la pieza de Sofía. Las paredes son de color violeta. Antes de que compremos los muebles, paso mucho tiempo en ella. Me gusta sentarme en el suelo a leer, a hablar por Skype con mis amigas en Chile. Me piden que les muestre este planeta en el que me he convertido, me dicen que me veo radiante. Yo solo veo lo feo. Las ojeras por las noches sin dormir de pura incomodidad, las estrías que ya me empiezan a marcar los muslos, ese calor insoportable de la ciudad y su verano furioso que se me mete en la sangre.

A veces le leo cuentos a Sofía. 
Le canto.
Intento imaginármela de dos, cinco, diez años.

El doctor Frank escribe artículos sobre mi transformación en madre. Sobre lo que le ha hecho a esa pareja, J y M, en sus no tan early thirties. Comenta que nos hemos alejado. Que yo he construido un mundo en el que solo cabe Sofía. Que cada vez estoy más distante. Que no paro de limpiar y desinfectarlo todo. Que el equipo de limpieza, cuando llega a casa, ya no tiene nada que hacer.
Useless.
Pointless.

En una página se detallan los hábitos de Enrique. Lo tarde que llega cada día. 
Las veces que se ha quedado dormido en el sofá frente a la tele. 
Las veces que me he levantado a pedirle que vuelva a la cama.
Las veces que he ido a taparlo sin pedirle que regrese.
Las veces que me he quedado tranquila y sola.
Enrique no los lee. Dice que me están haciendo mal.
Yo le muestro mi panza. Le paso un sharpie.
Me dice que está apurado. Que tiene una reunión urgente en la universidad.

Cada vez que me muevo de la sala a la pieza me encuentro con una nueva versión. Mi velador tiene los libros ordenados por tamaños, los aros están todos en pares y colgados en una rejilla especialmente pensada para ello. Las monedas en una cajita. 
No botan papeles. Me los dejan bien estirados, sobre la cómoda, para que yo vea qué hago con ellos. No quieren arriesgarse a desechar algo importante.

Hoy abro la puerta, me acerco a la cómoda y no hay papeles. 
Bien ordenaditos, uno junto a otro, están los frascos de remedios.
Esos con mi nombre.
Cierro las cortinas.
Vuelvo a la cama

Al levantarme, Enrique ya se ha ido. No escucho el despertador pero siento el olor del café que siempre deja preparado. Un gesto que no se borra con nada: ni con las distancias, ni los malos ratos, ni ese dry spell que acusábamos en nuestras sesiones de pareja.
Los pantalones están rojos. Húmedos. 
Lo que sale de mí es un aullido.

Alguien de la comunidad llega a buscarme.
Luego los paramédicos.
Lo último que veo, desde la camilla, son los billetes, bien estirados, para el equipo de limpieza. Y las hojas del otoño, amarillas, violentas, asomarse por mi ventana.

No me pregunten qué pasa después.
Duermo y vuelvo a despertar.
Duermo y vuelvo a despertar.
A veces está Enrique, a veces una enfermera.

En su siguiente artículo, el doctor Frank escribe sobre el duelo de una madre primeriza.
De la culpa. Guilt.
Sadness
Impossible Grief.
Del cambio en los hábitos. 
Hay fotos de mi cocina llena de basura, con los platos sucios en torres infinitas. De la cama sin hacer. Los hongos en la cortina de baño.
El equipo de limpieza empieza a visitarme todos los días.
Yo los espero sentada en el sillón del living
Una mujer algo mayor, un hombre joven. Siempre vestidos de blanco.
Me muevo de una habitación a otra.
Se despiden diciendo Have a nice day.

Enrique me deja luego de un par de meses.
No le reprocho nada.
Sofía se llevó todo lo que no teníamos.

El doctor Frank me visita tres veces por semana.
Take your time, me dice.
No rush, me asegura.
Toma notas en su libreta.

Mi cuerpo sigue inmenso. 
No hago ejercicio. Como mal.
Evito los espejos.

Pasan los días.

Cada vez que se va el equipo de limpieza, lentamente lo voy ensuciando todo. Lleno de migas la cama, doy vuelta el café sobre el sofá. 
Dejo mis pelos pegados a las paredes de la ducha. La pasta de diente chorreando en el lavamanos.
Cada tarde un nuevo desastre.
Ellos no dicen nada.
Solo abren la boca para pedirme que me vaya a la otra habitación (would you mind..?) y la pregunta se queda flotando. 
Una mañana intentan limpiar la habitación de Sofía. Mi grito nos sorprende a todos. Al poco rato llega el doctor Frank con un sedante.
Fuera de mi ventana todo es blanco. Todo es hielo.

Vuelvo a abrir los ojos. 
Escucho el sonido de la aspiradora. 
Luego agua, el trapero.
Me levanto y voy rumbo a la sala.
La mujer de la limpieza evita mirarme.
Hace como si nada. 
Remoja el trapero en el balde.
Yo me recuesto en el suelo.
La madera se siente fría contra mi espalda.
Miro el techo blanco. 
El ventilador.
Abro los brazos y las piernas. 
Soy una equis, un ángel en la nieve.
Le pido que me rompa.

Que me limpie.

***

María José Navia (1982) es una escritora chilena. Es autora de la novela SANT (Incubarte editores, 2010) y de los libros de cuentos Instrucciones para ser feliz (Sudaquia, 2015) y Lugar (Ediciones de la Lumbre, 2017). Algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés, francés y ruso. Tiene un Magíster en Humanidades y Pensamiento Social (NYU) y un Doctorado en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University). Actualmente se desempeña como profesora en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile y escribe reseñas tanto en Paniko.cl como en su blog Ticket de cambio.